Flecha hacia arriba

‘Quien engendra obliga’, por Sergio Ruiz Escarabajal

Advertencia previa a padres, madres y parejas embarazadas: es probable que este artículo les caiga mal. Yo, que no he traído al mundo criatura alguna y por tanto no tengo experiencia ni teórica ni práctica, voy a hablar de crianza humana; por si sirve de algo, nací a una edad muy temprana, y durante años ejercí de niño antes de jubilarme de la desocupación.

Podría decir que no me gustan los niños, pero sería una media verdad: lo que ocurre es que sólo me gustan cuando no gritan, corretean, lloran, moquean, ni molestan; es decir, cuando no les permitimos ser lo que son en libertad y seguridad. Lo triste es que a muchos padres irresponsables les pasa lo mismo: aman a sus hijos siempre y cuando no se comporten como niños, que es precisamente lo que son.

Tener un hijo no es adoptar una mascota exótica ni abrir una cuenta de Instagram con patas. Es decidir, con plena conciencia, que otra vida va a depender de ti durante años, física y mentalmente; no durante los nueve meses de embarazo, que ya son esfuerzo suficiente, sino durante décadas. No existe atajo biológico: nueve mujeres no hacen un bebé en un mes. Si el proceso exige tanto tiempo y energía para empezar, ¿por qué creer que termina ahí?

Lo que viene después es lo serio: estás al cargo del desarrollo integral de un ser viviente y, peor aún, sintiente. Un futuro adulto que leerá, escribirá, pensará y, con suerte, cuestionará. Uno que no firmó contrato alguno para venir a este berenjenal que insistimos en llamar mundo.

Por eso me cuesta comprender la delegación sistemática en la pantalla mataneuronas. El niño grita, se mueve, exige atención (las consecuencias de estar vivo), y la solución es una tableta que actúe como guardería digital. ¿Tener críos para ignorarlos? Lo siento, pero no se vale: la crianza no consiste en silenciar síntomas, sino en educar personas.

Trabajando en centros sociales he visto cosas que descolocan. Un niño de cuatro años que se orina y se defeca encima porque tiene fobia al inodoro: la normativa no permite traerlo con pañal, así que lo traen igual pero con muda de repuesto; algo falló en el proceso, pero nadie parece dispuesto a admitirlo. Otro pequeño miraba siempre de costado: hasta que una monitora sugirió revisión médica, nadie había reparado en que tenía ojo vago; ¿tan poca atención se presta en casa? También abundan los niños que no escuchan a ningún adulto no porque no puedan, sino porque no les da la gana: están acostumbrados a que en su hogar no existan límites reales. Y luego están los casos más graves, los que duelen de verdad: menores en acogida por abusos (de todos los tipos que imaginas) o por incapacidad parental. Y entonces la pregunta es inevitable: si no puedes cuidar de uno, ¿por qué sigues teniendo más?

No busco humillar ni prohibir. Cada cual es libre de vivir como quiera. Pero en la paternidad lo que está en juego no es tu realización personal ni tu estatus social, sino los derechos de otro ser humano. Y esos derechos están por encima de los tuyos, porque tú eres el adulto que decidió engendrar. Ser padre de verdad (de verdad de la buena, presente y agente, no espectador ocasional) implica que tu vida gira en torno a ellos, y no al revés.

Tampoco ayuda la presión social. Tener hijos no es un trámite obligatorio ni una medalla, sino una responsabilidad radical que exige algo que parece escasear: planificación. El control de natalidad no nace de la frialdad, sino de la sensatez; más vale un núcleo familiar reducido con recursos materiales y afectivos suficientes que una jauría desatendida. Un accidente lo tiene cualquiera; dos, quizá; ¿tres?; ¿cuatro? A partir de cierto punto ya no hablamos de fatalidad, sino de negligencia disfrazada de costumbre.

No pretendo dar lecciones, no estoy en posición de hacerlo, pero señalo lo evidente: traer una vida al mundo no es un capricho ni un entretenimiento. Es un compromiso que debería asumirse de manera consciente, voluntaria y sostenida. Porque, si no, quienes pagan el precio no son los adultos.

Son los niños.

Los que no pidieron venir.

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