Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte del todo. Esto lo dijo un inglés, el poeta y clérigo John Donne, porque no todo en el Reino Unido es té, fish & chips, y un museo británico, que de británico sólo tiene los precios de entrada. El poema de este hombre nos recuerda que la individualidad no es autosuficiencia. A pesar de su tono devocional, el mensaje de fondo resiste cualquier lectura: nadie existe sin los demás, ni vive ni progresa aislado.
Frente a esta idea, el mito neoliberal del «hombre hecho a sí mismo» ha calado hondo. Nos han contado, con voz grave y música motivacional, la historia del empresario que empezó desde cero, con una bicicleta y un sueño, y que ahora tiene una multinacional con su nombre en letras doradas. Pero la verdad es otra: nadie prospera solo. Cada logro está sostenido por redes visibles e invisibles, generaciones que prepararon el terreno, trabajadores que hacen el trabajo que otros capitalizan.
El consejero delegado que gana veinte veces más que quienes limpian su oficina no trabaja veinte veces más, ni veinte veces mejor. Si su éxito se justifica diciendo que él piensa más, que diseña estrategias o que «ve más lejos», sólo estamos aceptando que el sistema premia al astuto que escala estructuras con herramientas que otros no tienen, o que directamente compró. En ese caso, no estamos admirando a un sabio: estamos tolerando al zorro en el gallinero.
Y, aun aceptando que hay personas excepcionalmente inteligentes cuyo empleo de los recursos merece recompensa, esa inteligencia no aparece por generación espontánea: nadie se cría sin contexto. Incluso los niños salvajes de los que oímos en los relatos más extremos tuvieron un entorno, aunque fuera la selva, que les ofreció lo mínimo para sobrevivir: recordemos que Mogli buscó lo más vital nomás, para vivir sin batallar, y la naturaleza se lo dio. Ni siquiera quienes viven como ermitaños «survivalistas» en la montaña lo hacen sin una historia previa y una infancia, sin haber sido alimentados y criados. ¿O acaso hay en este mundo alguien que nació por mérito propio, sin que ninguno de sus padres estuviera el día del parto, como le pasó al Dr. Doofenshmirtz de Phineas y Ferb?
La economía no es otra cosa que una red de interdependencias. Hasta el más aislado vive gracias al trabajo de los demás: quienes fabrican su ropa, cultivan su comida, extraen los materiales de su vivienda, o hacen funcionar el sistema que le permite recibir agua potable. Y, aunque algunos se esfuercen por disimularlo, todos vivimos de todos.
El mito del self-made man es una narrativa funcional al privilegio. Sirve para culpabilizar al pobre y exculpar al rico. Es una coartada que nos dice que, si no has llegado a lo más alto, es porque no lo has deseado con fuerza suficiente. Es mentira. Lo que sí es cierto es que, si todos dependemos unos de otros, entonces nadie sobra. Ojo, que «nadie» incluye incluso al empresaurio más capitalista, porque su esfuerzo en coordinar el trabajo ajeno también tiene mérito; lo que pasa es que no debe tenerlo tanto como para desvirtuar al prójimo.
Al final, como dijo el gigante Jaguar D. Saul en One Piece, con la sabiduría de quien ha entendido lo esencial: nadie nace en este mundo para estar completamente solo.