Intento no ser una persona demasiado autoritaria con lo que pienso: todo lo que creo podría estar equivocado mañana. El clásico «nunca digas de esta agua no beberé», porque lo mismo se revela que al final era potable.
Dicho esto, hay una colina sobre la que estoy dispuesto a morir (hay varias si nos ponemos profundos, pero quien mucho abarca poco aprieta): el verdadero macho alfa no es otro que el que no se avergüenza de cantar, a pleno pulmón si la situación lo requiere, la canción Rosas de La Oreja de Van Gogh. Levantar tu peso en mancuernas no significa nada comparado con esperar con la carita empapada que lleguen con rosas (mil rosas para ti). Porque la verdadera fuerza reside en saber que te encantan esas cosas, que no importa si es muy tonto, que eres así.
La hombría no es un concurso de pechos peludos. ¿Qué es entonces? No lo tengo claro, pero la vivo a mi manera, y así deberíamos hacer todos.
La literatura feminista es como los zapatos: no los necesitas para correr, pero ayudan. Del mismo modo, es perfectamente posible llegar a buenas conclusiones sin las observaciones de personas como Simone de Beauvoir, Virginie Despentes o Judith Butler (recomiendo especialmente El segundo sexo y Teoría King Kong), pero siempre conviene consultar a gente que ya se calentó la cabeza antes para que ahora nosotros no tengamos que darle tantas vueltas. En eso consiste el aprendizaje tradicional.
Y tan tradicionalmente he aprendido que me he dado cuenta de alguna que otra cosa. Por ejemplo: la homofobia y el machismo no sólo son absurdos desde el punto de vista del sentido común, sino que además se vuelven ridículos cuando se llevan hasta su límite lógico. En un caso te enfada que le den pito a otro, pero eso en realidad son celos; en el otro tratas mejor a un hombre que a una mujer, algo que a mi parecer es bastante homoerótico. Si uno lo piensa bien, ser homófobo y sexista a la vez debería ser, para el pretendido macho alfa, deporte de riesgo. Es la pescadilla que se muerde la cola, y que encima se ofende por lo que hagan las sardinas en su vida privada. Un poco tonto, ¿no?
Lo que intento transmitir es que, paradójicamente, muchos de los que más presumen de cuánto les gustan las mujeres son también quienes peor las tratan. Y eso sí que no se entiende.
Que no se me ofendan los tíos, por favor, que a mí también me gustan las chicas. Me gustan tanto que llevo casi cinco años saliendo con una. Y precisamente por eso me gustaría que dejáramos de matarlas.
Suena fuerte, pero es literal. Cada vez que aparece un caso de feminicidio no sólo muere una persona: muere una posibilidad de vida, carácter, inteligencia, humor, y compañía. Muere una mujer que podría haber sido amiga, compañera, pareja, o simplemente alguien con quien cruzarte por la calle.
Yo siempre he sido, y tengo claro que seré, un hombre cisgénero heterosexual; he vivido con una libertad bastante amplia para existir como soy. Y lo mínimo que podría desear es que las mujeres pudieran disfrutar de esa misma libertad: la libertad de moverse, decidir, equivocarse, o vivir sin miedo a convertirse en estadística.
Además, siendo sinceros, un mundo donde las mujeres viven libres es un mundo donde hay más mujeres distintas: eso son más voces, más caracteres, y más formas de ser. Y yo, que soy hetero, la verdad es que quiero cuantas más mujeres mejor en mi vida: no para engañar a mi pareja (mi relación es lo bastante adulta como para saber que no nos volvemos ciegos por estar juntos), sino para vivir en un mundo donde una de mis fuentes de alegría pueda existir plenamente, sin tener que pedir permiso para ello.
Muchas veces la violencia contra ellas nace de frustraciones propias: expectativas de hombría absurdas que a los hombres se nos meten en la cabeza desde pequeños. La idea de que debemos dominar, demostrar, imponernos, y no mostrar debilidad. Y, cuando esa ficción quiebra, algunos reaccionan con rabia.
Por eso romper esa cadena no es debilidad, sino exactamente lo contrario. Si de verdad existe algo parecido a la hombría, quizá empiece ahí: en decidir que no vamos a seguir transmitiendo odio sólo porque lo heredamos.
Que ser hombre no consiste en imponerse, sino en hacerse responsable. Que eso es lo que hace un macho alfa de verdad.