Un adulto funcional como yo (me estoy echando flores, lo sé) no aparece espontáneamente, de la noche a la mañana, sino que es un proceso largo; no necesariamente laborioso si las cosas se hacen excepcionalmente bien desde el principio, pero largo sí. Todavía no se ha inventado la incubadora científica a la que le metes un preadolescente y te devuelve un joven preparado con aspiraciones vitales, así que por ahora los adultos íntegros son el resultado de una retahíla afortunada de experiencias nucleares que te van formando como persona sin que te des cuenta.
Y una de las mías, como de tanta gente (las grandes mentes piensan igual), fue mi primer curro: repartidor en bici para el periódico de mi pueblo, el Infolínea. Dejadme que os diga: era una pasada.
Cual película donde un chaval pedalea por el vecindario, tirando periódicos enrollados a las puertas de sus vecinos, yo hacía mi ronda, con la diferencia de que yo paraba en cada entrega y trataba el producto con más cariño. En cada destino, cobraba 1’20 €, de los cuales 0’40 € sabía que eran para mí; a ver quién encuentra una rentabilidad del 33 % en esta economía. Además, disfruté de libertad (e iniciativa) para optimizar la ruta de reparto, cosa que no sólo agradecieron mis muslos, sino también mis números: algunas mañanas, incluso lograba adelantar lo de la tarde, cosa que me ameritaba grandes descansos y una satisfacción del trabajo bien hecho que sólo entiende bien quien la ha sentido antes. Pero, sin duda, lo más importante y sustancial fue que mi jefa depositó en mí, desde el principio, una confianza a cuya altura espero haber estado.
Siempre he sido de gustos simples, pero cenar con los amigos con dinero ganado por uno mismo hacía que la comida supiera mejor.
Tiempo después, años mediante, quiso la suerte ponerme en el mismo sitio, pero desde otro ángulo: no como relación laboral, sino cultural. Como un articulista más; de tercera generación en mi familia, dicho sea de paso. Me lleva durando algo más de un año, y sólo puedo decir que es increíble que mis paridas (que a veces recuerdan al sueño febril de un comatoso) sirvan para algo útil.
Muchísimas gracias, Toni, por la infraestructura que me permitió ambas etapas.
La prensa nació como cuarto poder, como contrapeso, por si el legislativo, el ejecutivo y el judicial decidían conchabarse de mala manera. Y, aunque Alhama sea un pueblo, sus medios siguen respondiendo, en mayor o menor medida, a esa función. Me consta que Infolínea lo ha hecho con honestidad. Por eso, más allá de cifras, publicaciones o etapas, lo que queda es otra cosa: un espacio que ha permitido a muchos, entre los que me incluyo, formar parte de algo más grande que uno mismo.
Mientras aquí siga existiendo ese espacio, mientras se me permita intentar que todos seamos un poco más listos que ayer (aunque no siempre lo consiga), y, sobre todo, mientras alguien quiera escuchar, yo seguiré escribiendo. Y, en la medida de lo posible, intentando estar a la altura de lo que Toni López dejó en marcha.
Este periódico nació siete años antes que yo; técnicamente, pertenecemos a milenios distintos. Pero eso da igual: si fuera una creación reciente, por tal como es, se mantendría como un legado que merece la pena avivar.
