El que perdona murió en la cruz, y llevamos desde entonces sin volver a hacerle demasiado caso. Cada veinticinco de diciembre celebramos su natividad, y una semana al año nos acordamos de sus últimos días; varias veces a lo largo del almanaque ocurre esto o aquello que nos rememora quién fue y qué vino a hacer. Pero, en la práctica, salvo cuando nos conviene (o cuando queremos vino en vez de agua), su mensaje ni está ni se le espera.
Hace nada fue el cumpleaños del ungido, y no creo ser el único al que le parece que el mundo se aleja cada vez más de lo que habría querido para nosotros. No hablo en abstracto ni desde la nostalgia teológica: basta con mirar alrededor para comprobar hasta qué punto se ha desdibujado su propósito. A la izquierda de nuestro país, un estuprador de menores confirmado, supuesto adalid del «mundo libre», trata a la mitad sur de su propio continente (y al nuestro) como si de vasallos sin derechos se tratase; a la derecha, una procesión de energúmenos inflados compite por ver quién la tiene más grande (la expansión territorial, quiero decir); y el resto del planeta, nosotros incluidos más pronto que tarde, sobrevive como puede a un trastocamiento climático del que no tuvo culpa antes, durante ni después, pero que le afecta más que a nadie.
En lo personal, hace mucho que no piso una iglesia, y he hecho las paces con el mundo sin necesidad de intermediarios religiosos. Aclaro esto porque, aunque pudiera parecer que he venido a hacer proselitismo cristiano, mi mensaje es otro: es humanista. No sé si hay alguien, si no hay nadie y estamos solos, o si el que hay seremos nosotros mismos; pero hay algo que sí sé. Jesús, probablemente el mejor orador del calendario gregoriano, el mismo que estalló en cólera al ver el templo convertido en mercado, tiene hoy como mayores devotos oficiales a individuos que jamás pondrían la otra mejilla, que se entregan sin pudor a la comodidad material, y que hacen preguntarse a cualquiera si todos los clérigos van realmente al cielo.
Porque el papa que tuvimos hace nada sí se dejó los cuernos por ganarse el paraíso, pero el de dos turnos más atrás removió cielo y tierra para acallar escándalos sistemáticos de abusos a menores. ¿Cómo se concilia que la mayor autoridad religiosa de un Dios supuestamente amoroso, y no vengativo, fuerce decretazos para encubrir un diluvio de estupros? Cuando la incoherencia se institucionaliza, el problema deja de ser anecdótico.
Es una pena que no podamos tener nada bonito, si dura más de dos telediarios. ¡Quién iba a decir que, en un sistema que castiga la empatía, la compasión no resulta escalable! Y lo que no se puede escalar no es buen modelo de negocio. Este problema atraviesa todos los órdenes de la vida, no sólo los domingos en misa: nuestros líderes sociales (párrocos, académicos, políticos y demás) tienden a desconectarse de las bases que los hicieron posibles conforme ascienden de rango. ¿Os imagináis un árbol que dejara de nutrir las raíces que lo sostienen? El problema no es la fe, ni la Iglesia como idea; el problema es lo que ocurre cuando el poder se desacopla de la responsabilidad que lo legitima.
Es muy fácil desensibilizarse de aquello que no se ve. Al final, en mayor o menor medida, sólo el sacerdote de barrio o el concejal (quizá el alcalde) se ven obligados a convivir con la realidad social que modelan en nombre de otros. Tal vez por eso suelen estar más comprometidos con el planeta que habitan y la sociedad de la que viven que ciertos altos rangos cada vez más abstractos.
Dicho todo esto, conviene aclarar desde dónde hablo.
Yo soy secular, y en lo personal intento aplicar tanta lógica como puedo a las situaciones de mi vida. Por eso defiendo la laicidad del Estado al tiempo que lamento que prestemos más atención a los influencers que a Cristo. Recordemos que fue crucificado junto a ladrones, que se codeó por igual con regidores, leprosos, mendigos y prostitutas, y que basó su mensaje en la tolerancia, el perdón y el cumplimiento del deber, incluidos los impuestos: al César lo que es del César. Ah, y que fue hijo de inmigrantes refugiados.
No olvidemos de dónde viene cada cosa. Me da igual que seamos creyentes, herejes o infieles: lo importante es el sentido común. No siempre se puede tirar hacia delante con éxito, pero es crucial intentarlo.
Yo, por mi parte, seguiré leyendo. Y a veces escribiré: como Aristóteles, pero con mala leche… y derechos humanos.