No hace falta estudiar física para saber que el trabajo de Albert Einstein revolucionó su ciencia. A modo de anécdota non sequitur, la enfermera que le cuidaba en su lecho de muerte no hablaba alemán y no había nadie más en la habitación, de modo que nunca sabremos cuáles fueron sus últimas palabras.
Otra historia de este hombre es la de cuando andaba cansado de viajar por todos lados dando siempre la misma conferencia: su chófer le dijo «Si quieres, yo he visto la explicación tantas veces que me la sé de memoria; podemos cambiarnos los trajes y la próxima vez doy yo la charla en tu lugar»; así hicieron, y el científico asistió disfrazado a su propia lección; un matemático quisquilloso de entre el público hizo una pregunta sin interés, innecesariamente rebuscada, y Einstein vio venir que su chófer no sabría responder y su reputación recibiría un duro golpe; para sorpresa de todos, el conductor salvó la situación con una sencilla frase. «Esa pregunta es tan tonta que la va a responder mi chófer».
Hay que parar un momento y confesar que, en realidad, ninguno de estos relatos está confirmado históricamente, sino que se trata de dos de tantas habladurías, leyendas urbanas, que se andan contando del tipo que, también se dice a menudo, afirmó que sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Pues bien, aunque estoy plenamente de acuerdo con la frase infinita, me gustaría añadir otra cosa a la lista: la necesidad de descansar.
Tanto si ocurrió de verdad como si no, el chófer ofreció algo que todos merecemos: reposo tras un trabajo bien hecho. Porque lo que no trabaja muere, y eso es tan cierto como que todos los días sale el Sol (chipiró), pero también lo es que morirá antes lo que sólo trabaje. La mitad de cualquier entrenamiento consiste en descansar adecuadamente y reponer fuerzas, y esto es así para el músculo, el cerebro, e incluso el adulto funcional.
El relato bíblico explica que el mismo Creador se tomó un respiro llegado el domingo, y yo no soy quién para oponerme a las Altas Voluntades. Tiempo y sacrificio después, la vida secular ha emulado esta enseñanza en repetidas ocasiones a lo largo de la historia: las fábricas de la China antigua notaron que un trabajador con acceso a reposo diario enfermaba menos que aquél con jornadas de más de doce horas; en 1593, la Ordenanza de Instrucción del rey Felipe II establecía para obreros de fortificaciones y fábricas una jornada laboral de ocho horas, cuatro por la mañana y cuatro por la tarde; en el siglo XX, el empresario Henry Ford popularizó las vacaciones pagadas para trabajadores, porque si no la gente no podía viajar y nadie compraría sus coches.
Éstos son sólo tres ejemplos cualesquiera de la historia del descanso, y me veo obligado a omitir que muchos otros derechos laborales no se consiguieron tan amablemente, sino que fue necesario pelearlos con uñas y dientes. Pero la moraleja aquí es que el bienestar del asalariado conviene incluso al más cruel y desconectado patrón; incluso el viejo Scrooge se divertía en el trabajo de joven.
Si eres patrón, no te voy a decir cómo llevar tu empresa, pero estoy convencido de que sabrás hacer una gestión de objetivos inteligente. Si eres asalariado, no voy a fingir que sé por lo que estás pasando, pero sí sé que eres mayorcito y capaz de distinguir qué te aporta y qué te consume. Seas lo que seas, quien seas o como seas, ya sabes que de donde no hay no se puede sacar; así que, si has llegado al límite de tus fuerzas, para un momento, respira, bebe algo de agua, y planea la forma más astuta de dar el siguiente paso.
Porque el vago trabaja doble, sí, pero el honrado merece el derecho a un poco de vagancia. No necesitas ser Einstein para tomarte una pequeña pausa.