Decir que este verano se me está haciendo insoportable sería decir poco. No me gusta recurrir al aire acondicionado pero mis prejuicios me los he saltado muy a mi pesar.
En los días de mucho bochorno (en varias acepciones de dicha palabra) he procurado buscar refugios donde la temperatura me hiciese soportable las largas horas. Para ello tengo siempre a mano mi personal “kit de supervivencia” con recursos que nunca me fallan. En él están los libros, la música, el cine y los recuerdos.
Los recuerdos son el único ingrediente que no puedo elegir, acuden, sin llamarlos, si, por cualquier motivo, se desvelan. Muchas veces los recuerdos propios se entremezclan con los de quienes compartiste los mismos momentos desde diferentes lugares.
La casa de mis padres era de planta baja y de estancias amplias, con un gran patio lleno de toda clase de plantas y flores, a continuación, separado por un pequeño muro se abría un espacio allí había una gran palmera y el estercolero al que iban a parar lo que no se podía aprovechar. Cada cierto tiempo venía el carro del Gilo, el basurero, y se llevaba todo lo acumulado.
Estaban también las conejeras y gallineros, donde se criaban los animales que contribuían a nuestro sustento, y un pequeño corral con una cabra; con su leche desayunábamos cada día, y, cuando paría , mi madre nos hacia un postre con los calostros, canela, azúcar y corteza de limón.
En el extremo opuesto a la vivienda, una especie de trastero en el que mi padre guardaba la moto al llegar de trabajar en el campo, y mi madre cien mil cachivaches, entre los que yo era capaz de pasarme horas curioseando.
El edificio estaba (y está) situado en un barrio que, en los años de los que hablo, tenía bastantes casas, ningún piso, las calles eran de tierra, no había alumbrado publico (cada casa tenía una bombilla encima de la puerta principal).
Por una de esas calles pasaba una acequia, cubierta en algunos tramos por los que se podía cruzar la calle. En el verano, esa acequia hacia las delicias de los numerosos críos y crías que vivíamos por allí. No sé exactamente de dónde venía el agua, sé que iba destinada a regar algún campo de los muchos que rodeaban nuestro pueblo.
Bañándonos en ella éramos felices, aunque entonces no sabíamos qué era eso. Fue nuestra particular playa, nuestro lugar de veraneo. La acequia era de tierra y la hierba crecía por los alrededores. Allí pasábamos las horas jugando con el agua, vestidas con bañadores o simplemente con unas sayas.
Con el paso de los años el progreso hizo que se tapase la acequia, se asfaltaran las calles y se pusieran farolas. En mi casa se quitó el basurero, las conejeras y gallineros. Y, aunque los niños y niñas seguíamos jugando en la calle; durante el verano dejaron de escucharse en ella las risas alegres que surgen al juntar: verano, agua e infancia.
