No soy de ver concursos musicales. Ni Eurovisión, ni Operación Triunfo ni nada por el estilo me han entusiasmado nunca. Pero este año, más que desinterés, sentí rechazo absoluto, un motivo para no consultar siquiera resultados o noticias relacionadas.
Hace unas semanas, el 28 de abril, vivimos en España un apagón eléctrico que dejó a gran parte del país sin luz durante varias horas. En Alhama, como en muchos otros lugares, nos vimos afectados por esta situación inesperada, y hubo incertidumbre y miedo aunque fueron solo unas horas. Aunque fue temporal, nos recordó lo vulnerables que podemos ser y cómo, en momentos así, la solidaridad y la empatía se vuelven esenciales.
Pensando en ello, no pude evitar acordarme de otro pueblo que lleva décadas sufriendo cosas mucho peores: los palestinos, ellos, por poner un ejemplo, llevan más de 200 días de apagón, pero eso no lo tenemos en cuenta.
Este año, Eurovisión permitió la participación del Estado de Israel en plena ofensiva militar en Gaza. Más de 70 exconcursantes y miles de personas pidieron que se le excluyera, como se hizo con Rusia hace un par de años. Pero no, a Israel se le permitió actuar, sonreír y competir como si nada pasara. Como si en ese mismo momento no se estuviese bombardeando a población civil por su parte y exhibiendo tierras arrasadas como trofeos.
RTVE, con mucho valor, emitió justo antes del festival un mensaje que decía: “Frente a los derechos humanos, el silencio no es una opción. Paz y justicia para Palestina”. Y por ello, se enfrentaron incluso a amenazas de sanción por parte de la organización. Me pareció un gesto digno, que me representa. Porque la cultura no puede ser neutral cuando hay pueblos enteros bajo bombas. Porque los derechos humanos no se defienden a ratos.
Sé que hay gente que dice que no hay que mezclar política y música. Pero es que hay cosas que no son “política”, son humanidad. No se puede normalizar que un estado que bombardea escuelas, hospitales y mercados suba a un escenario como si no pasara nada.
Y me da rabia pensar que en España, aunque cada vez hay más voces que denuncian lo que pasa, todavía hay mucho desconocimiento, mucha indiferencia. Incluso cierto respaldo institucional a un estado que lleva años violando el derecho internacional con total impunidad.
Como concejal, como persona con dos dedos de frente, como alguien que cree que la paz no es solo ausencia de guerra sino también justicia, tenía que decirlo. Este año, más que nunca, tenía un buen motivo para no ver Eurovisión.
Porque mientras unos bailaban en el escenario, en Gaza no había ni luz. Ni agua. Ni comida. Ni vida.