Según la Real Academia de la Lengua (nuestra queridérrima RAE), el arte es cualquier «actividad consistente en crear obras que, mediante recursos principalmente plásticos, visuales, sonoros o literarios, produzcan estimulación estética o intelectual». Me gusta esta definición, va muy en la línea de diversas filosofías artísticas que a menudo concluyen que, si algo no es necesario para la supervivencia (animalmente hablando) pero se hace para compartir o evocar un sentimiento, ese algo es arte.
Ahora bien, hay una diferencia clave entre ambas opciones de qué significa el arte: la importancia de la calidad. Según la definición de la RAE, para que algo sea arte, es preciso que la respuesta (da igual si es emocional o intelectual) se produzca; según la otra definición, en cambio, el mero hecho de que la obra de arte se haga con la intención de provocar esa respuesta, independientemente de que lo consiga o no, ya es suficiente para ser considerada arte.
¿Cuál es la definición buena? Si se me pregunta a mí, la segunda. Que algo sea mal arte no quita que sigue siendo arte. En realidad, cuando decimos que algo es tan malo que ni siquiera es arte de verdad, no estamos hablando tanto de que la técnica del autor sea mala (que también), sino de que tiene tan poca personalidad que bien parece que lo ha hecho un autómata. Así que, si algo es tan malo que nos horroriza, su propósito se invierte y lo que lo desfigura es a su vez lo que lo hace arte; mal arte, arte corrupto, pero arte. Porque, al final, lo importante no es la consecuencia, sino el propósito con el que fue creado.
Al Ecce Homo de Borja me remito.
Pero hablar de fundamentos del arte como quien habla del tiempo no sólo me queda grande, sino que excede lo que cabe en este artículo. Yo, en realidad, venía a hablar de la diferencia práctica entre «buen» arte y «mal» arte.
El buen arte sería el que sabemos que se hizo con un alma volcándose en el proceso: dejar una cubeta agujereada colgando del techo para que vaya cayendo pintura aleatoriamente sobre un lienzo tumbado es mal arte, a la fuerza, porque es imposible ponerle cariño a algo en lo que no fuiste en absoluto agente; tenerle cariño sí, pero ponerle cariño no.
El mal arte es, por ende, lo que debería transmitir (que no necesariamente provocar) un sentimiento, pero no lo hace, porque el artesano se olvidó el arte- en casa, y, aunque sea -sano y goce de buena salud, no ha volcado nada de sí mismo en lo que sea que está creando. Si enseño a santa Inteligencia Artificial los principios matemáticos abstractos que guiaron a las manos que pintaron la Capilla Sixtina, y después me dedico a generar obras iguales que las de Michelangelo como churros, ¿no estoy prostituyendo malamente el proceso?
El arte es a la mente lo que el alimento al cuerpo. ¿Quién cocina tu arte? ¿Un hacedor que utiliza todos los grupos básicos de alimentos, cuyo ingrediente secreto es la gentileza humana, o uno que te sirve cualquier pasta alimenticia porque, total, te lo vas a comer igual y te va a llenar la tripa?
Hay arte que sí, y hay arte que no.