Un miércoles pasado curré en un centro social. Dicho así parece que estuve en un centro para menores problemáticos, pero qué va: los centros sociales franceses (o al menos una parte de ellos) son una mezcla entre ludoteca y escuela de vacaciones, con animadores lúdico-educativos debidamente formados, donde las familias dejan a niños y adolescentes para los periodos de tiempo en los que no pueden ocuparse de ellos. Principalmente, es un servicio municipal de conciliación para padres que trabajan hasta tarde, y cuyos retoños aún no pueden estar solos en casa.
Pues uno de los niños con los que estuve se portó muy mal: cuando su equipo perdió en la actividad deportiva del día, se pasó la tarde diciendo palabrotas, haciendo peinetas, intimidando al resto de zagales, e incluso amenazando con pegarnos a mí y al otro monitor, sin mencionar el maltrato al material del centro. Sorprendió a todos, porque nunca se había portado así.
Pero al miércoles sucesivo la cosa cambió: el personal del centro me explicó la situación de dificultad de la que venía el enano, y que seguramente su tratamiento médico de aquella vez no había calmado ciertos brotes de ira; pues bien, ese otro día tuvo un comportamiento modélico. No sólo participó perfectamente en la actividad, ganara o perdiera, sino que mostró una conducta de deportividad y trabajo en equipo que dejaría en evidencia a muchos atletas «adultos».
El mismo chaval que amenazaba con patearme las joyas de la familia, esta otra semana, me cogía de la mano durante la vuelta de la sala de deporte al centro, y me hacía una pregunta que me dejaría tieso: ¿Cómo es ser adulto?
¿Qué tenía que contestar? «Es genial», y se enfadaría con los mayores por no dejarle divertirse como nosotros. «Es horrible», y despertaría cada mañana con miedo al pelo de los sobacos. Pero es que «Meh, tampoco es para tanto» vaciaría de sentido toda la educación que nos molestamos en darles. Por no hablar de los cargueros de problemas que traemos las personas, o de cómo la mayoría de oficinas adultas son una clase de colegio donde los «niños adultos» se sonríen durante la pausa del café y fingen jugar a los amiguitos, mientras en realidad las mismas dinámicas de guardería se perpetúan en berrinches silenciosos (o no tan silenciosos).
Si algo une a niños y niños adultos, es el «me enfado y no respiro», aunque los mayores nos escondamos en conductas profesionales.
No podía tardar demasiado en contestar porque ya nos aproximábamos al centro de vuelta, así que dije lo primero que me pareció sincero: «En general, es muy parecido a ser niño, pero ya has aprendido muchas cosas. Eso significa que a veces tienes mucho más trabajo, pero también significa que puedes hacer muchas más cosas. Si te organizas bien, es mucho mejor que ser niño, pero hay que ser muy responsable; si eres responsable y cumples con tus deberes, es como ser niño, pero mejor».
Omití detalles importantes, como que a los adultos nos encantan los números, que ponerse enfermo puede ser una sentencia de muerte profesional, o que si dejas de hacer ejercicio empezarás a escuchar cracs en partes de tu cuerpo que no deberían hacer ruido nunca… pero ya me perdonáis. Al fin y al cabo, si seguimos adelante, aun siendo ya adultos, creo que es porque estamos de acuerdo conmigo: el adulto más responsable es aquél que hizo las paces con su niño interior.
Y eso se logra de muchas maneras: revisitar ese libro (o su película), cocer los macarrones con el método de la abuela, clavarle una cuchara al petisuís y meterlo al congelador… Cada maestrillo tiene su librillo y la infancia vino en muchas formas y tamaños. Ahora, si me disculpáis, tengo que irme, que aquí también hay feria y el algodón de azúcar no se come solo