El otro día acudí a un infante antro de restauración y comandé una hamburguesa de pollo que me fue servida a un precio ridículamente competitivo y con una celeridad sospechosa. Conforme mordí y la mayonesa cortejaba mis papilas gustativas, tuve una epifanía sobre la división del trabajo que haría que Adam Smith se emocionara en kétchup.
Al tiempo que pegaba el muerdo y la grasita del rebozado me hacía feliz, pensé algo más o menos así: «No he creado ni elaborado ninguno de los ingredientes de esta hamburguesa que me estoy comiendo; ni he plantado el trigo ni lo he hecho harina, y ni hablemos de hornearlo; tampoco he regado la lechuga ni el tomate; el sésamo del pan no lo he puesto yo; y a fecha de hoy ni he criado ni he matado un pollo». Sin embargo, húbeme ahí que pagué a lo sumo una centésima parte de lo que me habría costado hacer todas esas cosas cual lobo solitario: los prodigios de la civilización me epataron.
Que la hamburguesa fuera de pollo no es un detalle sin importancia; precisamente esa carne ya la eligió un pionero bocadillista para hacer el experimento de crear desde cero un sándwich. Un colgado con más tiempo libre que hambre, llamado Andy George, invirtió seis meses y unos mil quinientos dólares para fabricar un sándwich de pollo desde cero: crio y procesó todos los ingredientes él mismo, respetando los tiempos de crianza y elaboración, y el resultado… no fue mejor que el que le habrían servido en cualquier bar de barrio. Como experimento, mola; como práctica habitual, no tanto.
Afortunadamente, para eso tenemos la sociedad: para externalizar el trabajo de manera que éste se haga de forma más eficiente (un panadero y un horno que cuecen para cien ahorran a decenas de familias pegarse el madrugón para hornear su propio pan), y que sus resultados sean intercambiables por los resultados del trabajo de otro, que esté dispuesto a trocar. Hasta aquí no digo nada nuevo, porque todos sabemos lo que es el dinero, pero nunca está de más dar un repaso; libros muy elogiados como El arte de la guerra o El príncipe hacen precisamente eso, porque no revelan nada que el lector no supiera ya realmente, sino que ofrecen su utilidad más como recordatorio útil y condensado que como innovación, para que no pases nada por alto.
¿El problema? Que la misma sociedad que nos permite externalizar el trabajo también puede desnaturalizar algunos de nuestros ritmos biológicos más básicos. Primero nos facilita la vida; luego se pasa de rosca hasta chafarnos; y, finalmente, intenta remendar el destrozo con un cóctel de ansiolíticos y una hamburguesa de crema de pistacho (sí, eso existe: es la prueba de que, si alguna vez Dios nos tendió la mano, nosotros se la mordimos). A un lado de la balanza está la abundancia; al otro, la creciente necesidad de medicarnos para soportar los tiempos modernos. Es una pena que el mayor invento de la humanidad desde la mentira piadosa venga con tantos efectos secundarios.
Este dilema sociogastronómico debe tener a la fuerza solución, pero lo único seguro es que, sea cual sea, queda bastante patente que no es abolir la sociedad; destruir el mundo para gobernar sus cenizas sólo es una opción seductora a ojos de quien no ha encontrado aún una razón para vivir.
Y, teniendo en cuenta que muy pocas cosas en la vida admiten como respuesta el maniqueísmo binario del «todo o nada», las personas razonables cargamos con el ingrato privilegio de buscar respuestas matizadas; la mía es que la hamburguesa tiene derecho a existir, porque el fin del mundo (su variante más realista: el colapso climático) ya estaba en marcha cuando se me trajo a este valle de lágrimas, pero que eso no impide que podamos ser ni que sea un poquito comedidos y coherentes con las implicaciones y consecuencias de nuestras decisiones.
Dicho lo cual, la decisión menos insignificante en sociedad no se toma en casa ni en la hamburguesería, sino en el colegio electoral, papeleta en mano. Igual que me como la hamburguesa, también me preparo una ensalada; e igual que disfruto el pan y circo, me aseguro de que dure, de que no sea «pan y circo para hoy, hambre para mañana».
Qué bonito sería que las personas cuyo trabajo (y consecuente salario) es eso mismo aseguraran, o al menos pusieran los medios, o al menos dejaran trabajar a quienes sí tienen la voluntad, de que disfrutar una hamburguesa no viniera en paquete con hipotecar la supervivencia social.
Ojalá los recursos naturales fueran suficientes para la avaricia de unos pocos, y no sólo para que vivamos todos.
