¿Creéis que hay vida fuera de la Tierra? Yo tengo bastante claro que sí, por aquello de que si le das suficiente tiempo a cualquier cosa cuyas probabilidades sean mayores que cero ocurrirá, como mínimo, una vez; y nosotros ya somos vida inteligente (bueno, tal vez todos no), lo que implica que es perfectamente posible que la evolución nos encasquete cuñados alienígenas tarde o temprano.
Como todavía no he conocido a ningún marciano que nos saque de dudas, he aquí algunas de las hipótesis más sonadas.
Estamos solos (o casi): la idea más deprimente sería que la vida, las células complejas, la reproducción sexual, y todo lo que vaya más allá de una sopa de picadillo primigenia requieren una cadena de casualidades tan ridículamente exigente que somos los únicos afortunados con la posibilidad de amortizar una hipoteca; el jamón serrano nació y morirá con nosotros.
Somos los primeros: en una galaxia con más de trece mil millones de años, la vida sólo empezó a valer la pena hace dos telediarios espaciales; las condiciones adecuadas para la vida tardaron en habilitarse y resulta que nosotros, los monos del TikTok y la pizza con piña, estamos destinados a que otras civilizaciones nos conozcan como «los antiguos»; la idea tiene gracia y a la vez peligro.
Somos los últimos: la versión melancólica es que tal vez hubo muchas civilizaciones antes que nosotros pero ya no están, ya sea porque se extinguieron (recursos agotados, catástrofes, convivencia imposible…), desaparecieron, o algo equivalente; simple y llanamente, las distancias y los tiempos eran tan grandes que nunca coincidimos; teniendo en cuenta que los dinosaurios la roscaron hace casi setenta millones de años, vete a saber cuántos chiringuitos cósmicos han abierto y cerrado definitivamente antes del primer iPhone.
El zoo galáctico (mi favorita y apuesta personal): hay aliens, y muchos, a cascoporro, pero las formas de vida verdaderamente inteligentes nos han puesto un cartel de «Prohibido dar de comer a los humanos»; lo mismo que hacemos nosotros con las reservas naturales, pero sin que la soberanía popular sea violada impunemente por los poderes económicos (tal vez uno de los requisitos para entrar en la Confederación Planetaria es aguantar un año entero sin incendios provocados para recalificar terrenos; una especie con naves espaciales seguramente no vea con buenos ojos la especulación inmobiliaria); estamos en un periodo de prueba secreto, y esperan a que alcancemos objetivos mínimos como la paz mundial, la erradicación del hambre, o la colaboración global (elementos que tanto los niños de colegio como los mejores doctores universitarios consideran sentido común, pero que no dejamos de posponer porque el interés compuesto tiene prioridad sobre la utopía a ojos de quienes no tienen que pagarlo).
Son tan diferentes que ni los reconocemos: nos imaginamos comunicaciones por radio y transportes por meganaves, pero en realidad nada nos garantiza que los espabilados espaciales no prefieran otras formas de contacto más prácticas y que ni conceptualizamos; como si buscáramos pájaros en el mar porque no se nos ocurre mirar al cielo, o como si ellos hablaran por WhatsApp mientras nosotros seguimos mandando cartas.
Todo el mundo escucha, nadie habla: la hipótesis del Bosque Oscuro sugiere que el universo está lleno de civilizaciones, pero todas consideran que hacerse notar es un riesgo estúpido porque no sabes las intenciones de los demás; no hace falta asumir que todos los marcianos quieren abducir nuestras vacas y cremar círculos en nuestras cosechas, basta con asumir que son más coherentes que nosotros; a decir verdad, conociendo esta posibilidad, bien podríamos ser los únicos desubicados que comparten su dirección galáctico-postal con Galactus, el Devorador de Mundos; no creo, pero por si acaso algún extraterrestre piratea el internet de Alhama de Murcia, le dejo este mensaje: no nos invadáis antes de la feria, por favor, que la gente tiene derecho a desfogar.
Y ojo que yo podría seguir, porque los aliens todavía tienen la cortesía de no desmentirme, pero me voy a detener antes de que me denuncien por intrusismo sideral.
Sea como sea, si hay vida alienígena, es como cuando esperas visita en casa: más nos vale poner un poco de orden en el planeta para causar buena impresión. Y si no hay nadie también: no necesito que un kryptoniano me haga revisión de desperfectos para no querer que me coma la mugre; ni la literal de debajo de la alfombra, ni la metafórica de los despachos improductivos.
Cuando nos rechacen de la Confederación Planetaria, sabed que por mi culpa no será.
