Ven. Brindemos.
Bebamos, por esta criatura llamada hombre.
El bien y el mal se repiten en un ciclo eterno
por la espiral del tiempo, donde toda una vida es muy larga para la paz, pero muy corta para la guerra.
Es por eso que anhelan. Es por eso que fomentan.
Si tan sólo supieran que todo lo que uno necesita en la vida es
el sol, el suelo, y la poesía.
Si os contara dónde se puede leer este poema, tardaríais dos veces en creerlo. El original es japonés; ésta es sólo mi traducción al castellano partiendo de la versión inglesa oficial. Tal composición no existe en nuestro mundo: su autor es un personaje de ficción, la editorial es parte del relato inventado, y el personaje que lo lee en voz alta para que nosotros, lectores, accedamos a ella también pertenece a la tinta de su página. Y, sin embargo, vaya una ficción que late con verdad.
Hemos aquí algo que ya intuyeron los ensayistas del siglo XX, cuando hablaron del «arte como radar»: la idea de que el artista, en su esfuerzo creativo, funciona sin darse cuenta como un dedo acusador que nos señala lo que está por venir. Ese radar no predice con fórmulas, sino con metáforas. De ahí que distopías como 1984 o Un mundo feliz se lean hoy como advertencias más actuales que nunca: miraron a su alrededor, y su sensibilidad les hizo imaginarse lo que acabare ocurriendo.
Pero las resonancias más hondas no necesitan escenarios futuros: atraviesan épocas y culturas. Lo que unos llamaron sol, suelo y poesía, otros lo llamaron humildad y austeridad, virtudes comunes a personajes populares y bíblicos cuya nobleza deberíamos imitar.
Y, si uno prefiere ciencia antes que parábola, basta con mirar la pirámide de Maslow, psicólogo estadounidense que desarrolló un modelo para jerarquizar las necesidades humanas. El sol es a la vez literal y metafórico: imprescindible para la biología, pero también está cargado de la esperanza que ya se le atribuía en el tarot. El suelo es cordura y sustento, recordatorio de que el cuerpo sostiene a la mente que lo habita. Y la poesía, que empieza creyéndose entretenimiento, pronto escapa de sí misma y abre la vía de todas las preguntas importantes: casi todo lo que hace que valga la pena seguir vivos nace de ella, se le parezca más o menos.
Lo mismo ocurre con la ambición: es necesaria como el sol, el suelo y la poesía, pero es desastrosa si se desboca. Todos los gigantes que conocemos nacieron de la ambición, pero con mesura; porque la ambición desmedida sólo crea gigantes de pies de barro. Cuando tengas tu ambición, pregúntate: «¿Es un medio, un fin, o un medio convertido en fin, de modo que acabaré confundido y quemado?».
Y, al final, todo vuelve al mismo punto. Podemos profundizar cuanto queramos, pero el núcleo siempre será el mismo: trabaja para vivir, no vivas para trabajar; y, siempre que te sea posible, hazlo de manera que aportes a quienes también trabajan para que tú vivas.
Busca tu sol, su suelo, y tu poesía. Sólo entonces serás libre para conseguir todo lo demás.