Los cambios que nos trae el otoño cada año se hacen más de esperar, sobre todo en cuanto a las temperaturas. Aún recuerdo a principios de septiembre cuando esperábamos el gran chaparrón con el que, según los mayores, venía el descenso de las temperaturas y con ello el fresquito.
Pero últimamente los otoños juegan al despiste con nosotros. EL ritual que no desaparece y que sucede todos los años al llegar estas fechas es el gran temido cambio de hora y el adiós anticipado al sol. Una decisión que se remonta al 1784, su autor Benjamin Franklin, según él, un proyecto económico con el que animaba a los parisinos a madrugar para aprovechar el sol y ahorrar dinero en iluminación.
En España el cambio vino en 1918 y, aunque fue intermitente hasta su instauración definitiva en 1974, cuando nos sumíamos en una crisis energética, desde entonces el argumento de que en los hogares se ahorra luz y energía ha estado instaurado, y por lo visto no se va a quitar.
Sencillamente, en los hogares no se ahorra, se gasta más. Sencillamente nos vamos a seguir levantando a la misma hora para ir a trabajar y vamos a llegar a casa a la misma hora en la que, por lo contrario, tendremos una hora menos de luz y haremos gasto de luces, calefacciones y otros menesteres. ¿Para quienes realmente es el ahorro?, por no hablar de las tardes a oscuras y esa disminución de luz solar, clave para la estimulación de la serotonina, lo que puede desencadenar en un estado de tristeza.
Para esto nos aconsejan pasear al aire libre o trabajar cerca de una ventana, comer frutas y verduras de temporada y, si los síntomas aumentan y se resisten, consultar a un profesional mental.
Con lo fácil que sería dejar la hora como está. Ahorraríamos en luz y psicólogos.
Sin embargo, nosotros estamos la mar de contentos porque el sábado 25 de octubre, tendremos una hora más de sueño, o de fiesta nocturna. El momento del cambio ha sido instaurado con toda la inteligencia del mundo, metiéndonos por la escuadra un caramelito que nos durará un solo día, pero que mantendrá contenta para el resto del invierno a nuestra España de charanga y pandereta, con ese conformismo falto de profundidad que Machado criticaba con esta expresión.