Flecha hacia arriba

‘Seis o siete’ por Sergio Ruiz Escarabajal

Igual es que me estoy haciendo viejo y cascarrabias (abuelo cebolleta a los 23, quién lo iba a decir), pero no entiendo ni patrás por qué los críos de ahora encuentran graciosas ciertas cosas; me explico a continuación.

Cuando yo era un canijo (o sea, todavía imberbe) me encantaban como al que más las chorradas de internet: en cuanto aprendí a teclear, ya buscaba vídeos de Mario Bros; y a lo largo del instituto los memes devastaron mi sentido del humor así como el de mis amigos. En cambio, le encuentro una diferencia fundacional a lo de antes y a lo de ahora: siempre nos partimos la caja con estímulos muy simples, a menudo aparentemente aleatorios, pero al menos traían una secuencia «planteamiento, nudo, desenlace»; incluso cuando no había de ese esquema, todavía podías intuir de dónde venía la broma que tenías delante, o ver por qué, aunque en realidad no tuviera gracia ninguna, el cerebro infradesarrollado del preadolescente lo flipaba. Ahora, sin embargo, no hay un solo clavo ardiendo al que asirse para hacer una lectura mínimamente literaria de lo que entorpece las salas de clase.

Pongo algunos ejemplos.

El videojuego Minecraft dio lugar en redes sociales a una marabunta de miniseries web que consistían en historietas cómicas de los personajes del juego. Si te paras a pensarlo, eran produccioncillas audiovisuales que te contaban un cuento, lo que pasa es que el cuento ocurría dentro de una pantalla: invito a quien no lo conozca a buscar en YouTube «Un creeper en casa», y verá a qué me refiero. No voy a cometer la negligencia de equiparar estas series a los espectáculos de guiñoles que acudieran a ver mis abuelos en su infancia, pero al menos se trataba de un cambio de formato generacional donde la esencia de contarte una historia sobrevivía al cambio de época.

Si me pongo en lo peor y busco lo más ridículo de mi quinta, evoco el meme viejuno «twenty-one», más simple que el mecanismo de un botijo: es un vídeo de apenas seis segundos donde aparece un niño al que el que graba le pregunta en inglés «¿Cuánto es diez más nueve?»; el zagal responde «twenty-one» (veintiuno), y el cámara lo llama tonto en su cara. ¿Es cruel? Del inicio al final. No obstante, te enseña una agria lección, aunque el método sea dudoso: presta atención en clase, o corres el riesgo de equivocarte tanto que aparecerás como un hazmerreír a ojos de los demás. Ahora bien, lo importante para mi tesis de hoy es otra cosa: la gracia de twenty-one es cretina, sí, pero también inteligible; aprobemos el comportamiento o no, se entiende.

Por otro lado tenemos el día de hoy, que he escuchado a un chaval de menos de diez años ladrar «Six seven!» (¡Seis siete!) más de seis o siete veces en media mañana. Resulta que un artista publicó una canción donde alguien gritaba «six seven» cada pocos momentos, y se viralizó un vídeo en redes donde un niño lo gritaba en mitad de un partido de béisbol en Estados Unidos. A partir de ahí, los adeptos al brainrot, nombre que recibe la nueva categoría de memes de internet (significa literalmente «podredumbre cerebral», ojalá estar inventándomelo), han decidido que gritar «six seven» es el acto de hilaridad definitivo: nótese que la estructura planteamiento, nudo, desenlace no aplica, porque la explicación que acabo de dar no está en el propio meme; si te topas a ciegas con un «six seven», la celebración no es entenderlo, sino gritarlo tú más fuerte después.

Tengo la sensación de que hemos pasado de castigar la ignorancia (twenty-one) a celebrarla (six seven). ¿Estoy solo en esta opinión? No puedo saberlo todavía. ¿Estoy exagerando? Tampoco lo sé. Lo único que tengo claro es que, si llega el día en que yo mismo tenga una criatura, no podré ni será mi intención evitar que experimente el mundo que le rodea; pero me aseguraré de inculcarle que la hipersimplificación que nos infecta últimamente no sólo no fue así siempre, sino que antaño, y todavía hoy, hubo y hay personas que se esfuerzan por crear entretenimiento de calidad.

Si no puedes vencerles, ¿únete a ellos? En este caso me niego, porque la forma de vencerles es atesorar cualquier divertimento de los que sí hacían pensar un poco.

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