Artículo de opinión de Cristina Cánovas
Nuestros micro mundos. De los que, a veces, es imposible salir, porque no vemos más allá, todo se resume a eso, imposible pensar en algo más. No llegamos, simplemente nos quedamos ahí.
Sin querer, sin pretenderlo y con la certeza desterrada de saber que somos algo más que levantarnos, ir al trabajo, comer en el mismo túper, llegar a casa a la misma hora… los pasos repetidos por la inercia para los que no existe la improvisación.
Se nos olvidó como hacerlo.
Y es ahí cuando entra en escena el calendario festivo. Lo inauguramos el uno de enero pasando páginas y contando puentes (si los hay), semanas santas, primeros de mayo, días del padre, patronas, patrones, ferias y carnavales.
Qué sería de nosotros, si el que inventó todo eso no hubiera tenido la luz que nos falta a diario, para entender que las personas necesitamos la alegría de los paréntesis, respirar y vivir para poder seguir viviendo.
Aun no termina enero, pero, en unos días tenemos aquí San Valentín seguido de Carnavales, Semana Santa, fiestas de Mayo, día de la Región, vacaciones…
Y otro año más diseñado a medida de una sociedad encasillada y, disponible para uno mismo, únicamente cuando nos dejan.
La consecuencia de no dejarnos ir es la monotonía implantada, a veces, por la comodidad y la costumbre al no querer que nos cambien ni el color de la tapia que tenemos justo enfrente de casa. Ya pasen los años o las décadas.
Pero ya que tenemos de vez en cuando ese privilegio de dejarnos llevar, por qué no aprovecharlo. Vienen los carnavales, dejemos espacio para la imaginación, la sátira, el buen humor, el ingenio para convertirnos en quien queramos, con lo profano de una fiesta que nos da cabida para expresar lo que durante el año no hacemos.