En algunos lugares existe ese sentimiento hermético que merma la capacidad de apreciar otros sitios, otras costumbres, otros paisajes, de abrirse al mundo.
Para ciertas personas siempre será mejor todo lo que conlleva ser de “Sebastopol”, por decir algo, que de cualquier otro lugar. Porque como se respira en Sebastopol no se respira en ningún sitio, como sus calles no hay otras, sus terrazas son las mejores del mundo, la gente es inigualable, el ambiente no hay quien lo supere, hasta el calor no es el mismo. De hecho, son mucho más importantes cuarenta grados en Sebastopol que cuarenta grados en Albudeite, ¿qué sabrán los habitantes de Albudeite lo que es el calor?, hasta el claxon de los vehículos suena a gloria, porque no es lo mismo que te pite un “sebastopolitano” a que lo haga cualquier otro, tenga usted en cuenta que este lo hará con otra chispa.
De sobra es conocido el chovinismo en ciertas ciudades de nuestra geografía española, actitud que lleva a sus habitantes a enaltecer desmesuradamente lo suyo, ignorando las virtudes y logros de otros lugares.
Sin duda, este comportamiento resulta un tanto jocoso para quienes no somos así y, aunque no es de recibo aguantar sus desprecios, lo hacemos por educación y para no herir la sensibilidad del “sebastopolitano”, una sensibilidad de la que este carece cuando habla de tu tierra, de tu vida, de tus costumbres, de tu raíz, cosas que posiblemente no conozca porque su obtuso chovinismo no le deja apreciar ni ver más allá de la puerta de su casa.
Sin lugar a duda los alhameños estamos muy lejos de ser así. No tenemos por idiosincrasia presumir de lo nuestro, pero sí sabemos apreciar lo bonito de otros lugares. Puede que para otros no tengamos nada de lo que enorgullecernos, podrán considerar que nuestro pueblo no tiene nada especial y, verdaderamente, nos da igual lo que piensen otros porque, al igual que ellos, somos felices en nuestra tierra aunque no lo gritemos a los cuatro vientos. Eso sí, tendremos defectos, como todo el mundo, daremos la impresión de no tener apego porque no lo expresamos, pero no queremos que nos cambien ni un ápice de lo que en ella hay, quizá esto sea una muestra de amor a lo nuestro.
Somos reacios al cambio, por apego y por costumbre, o por miedo. Se avecinan unas obras de mejora en la plaza de la Constitución, y no estaría mal dar un voto de confianza porque mejoras necesita, y eso es indiscutible. No queríamos oír hablar de cambiar el recinto ferial y ha quedado precioso. Aunque el rechazo de algunas personas al cambio se puede llegar a entender, ya que en Alhama hubo un tiempo en el que se realizaron verdaderas aberraciones urbanísticas y atentados contra el patrimonio. Recordemos el antiguo balneario, la casa de la Cubana, el antiguo Salón Espuña donde ahora se encuentra ese bloque de pisos tan faltos de atractivo. Lo que se dice gusto a la hora de edificar no es que tengamos mucho, la verdad sea dicha, o el desastre que intentaron hacer con el jardín de los Patos. Ya nos hemos comido los escalones de la Iglesia de San Lázaro, esperemos no tener que lamentar ningún otro capricho más del técnico o político de turno y, por supuesto, nuestros propios caprichos. A cuenta de ellos tenemos el centro lleno de escombro cuando podríamos estar disfrutando de un espacio verde, como en cualquier ciudad avanzada del mundo, en vez de respirar coches por todos lados, que de eso si tenemos a raudales