Hace unas semanas me sonó el teléfono. Le llamamos de la policía… Después de unos segundos, que me parecieron siglos, durante los cuales fui capaz de aventurar mil desgracias, escuché la pregunta: ¿Ha perdido usted su cartera?, no supe que responder aunque estaba segura de tenerla en el bolso. Fui a comprobarlo y no, no estaba allí. Otra vez se desató mi imaginación pronosticando un calvario por venir. La persona que estaba al otro lado del teléfono me dijo dónde había sido encontrada y me aconsejó que fuese cuanto antes a identificarla en las dependencias de la policía municipal.
En cuanto pude fui para allá y me presenté al agente que estaba tras el mostrador. Este, amablemente, sacó lo que reconocí al instante como la pequeña cartera/monedero donde llevo toda la documentación. Me dijo que comprobase si estaba todo y así lo hice, no faltaba nada ¡que alivio! ¡Incluso el dinero! El policía me dijo, sorprendido, que con frecuencia aparecían carteras pero era muy raro que apareciese el dinero.
Pregunté si podía saber quien la había llevado allí, para darle las gracias. Me respondió que había sido una chica joven, magrebí, que vivía cerca del lugar donde yo había perdido mis pertenencias.
Esto sucedía en medio de unos días durante los cuales, muchas veces, había pensado que los seres humanos no tenemos solución, que todo va de mal en peor, teniendo en cuenta la cantidad de sinsentidos y atrocidades que están ocurriendo por donde quiera que mires.
Y, aquí me di cuenta que “no todo”, que no es justo ni sano dejarse arrastrar por tales pensamientos. Sólo un instante en el que una persona elije hacer lo correcto, vale por todas las decisiones innobles, por todos los despropósitos, de quienes eligen actuar sin tener en cuenta al otro.
Mi admirado Leonard Cohen, decía en su canción “Anthem” (himno): “…toca las campanas que aún puedan sonar, olvida tu ofrenda perfecta, hay una grieta en todo, así es como entra la luz…” el poeta y cantante habla de la aceptación de lo imperfecto y de la esperanza en medio de la oscuridad.
El pequeño gesto, aquella imperfecta mañana, de una persona desconocida que decidió actuar de determinada manera, en un momento preciso, fue esa grieta por donde entró la luz.