Hace unas semanas tuve la oportunidad de sentarme a conversar con varios docentes de Secundaria de nuestro municipio. Hablamos de muchos temas —educación, convivencia, redes sociales—, pero uno de los temas más graves me sorprendió: el papel de la pornografía como primer contacto de muchos jóvenes con la sexualidad.
Se puede decir que ha sido de las primeras veces que me he sentido «mayor», la primera vez que me he visto completamente desconectado del mundo adolescente, y encima ha sido para descubrir algo horrible. Este fin de semana, que he podido sentarme a investigar, me he llevado las manos a la cabeza viendo como el primer ejemplo o imagen de cualquier relación íntima para nuestros jóvenes se basa en violencia, humillaciones o buscar única y exclusivamente el placer masculino.
Es un tema incómodo, lo sé. Pero justamente por eso es urgente abordarlo. Estamos dejando que una industria sin escrúpulos se convierta en el principal educador sexual de los más jóvenes, y eso está teniendo consecuencias, que ya nadie en las aulas puede ignorar.
Según lo que me transmitieron estos docentes y he podido constatar en artículos de autoras como Nerea Pérez o Ramos-Paúl, el acceso a la pornografía no solo es prematuro, sino constante y sin ningún tipo de filtro o acompañamiento. Ni las familias, ni los centros educativos, ni la sociedad en general están preparados —o dispuestos— a hablar de esto con naturalidad y responsabilidad. Lo hemos convertido en un tabú y, como dice Rozalen: todo lo que no se atiende, tarde o temprano reaparece.
Y en este caso la reaparición es preocupante: adolescentes con una imagen distorsionada del sexo, que asocian el deseo con la violencia, el amor con la dominación, el cuerpo con el rendimiento. Jóvenes que llegan a la pubertad llenos de dudas, miedos, inseguridades, y que no encuentran espacios seguros donde poder hablar de ello. La desinformación digital, unida a una sexualidad que solo se aprende por imitación, está generando problemas de conducta, autoestima y salud mental que afectan a toda la comunidad educativa.
Ahora es importante que pensemos qué podemos hacer para atajar el problema, sociólogos y psicopedagogos tienen claro que prohibir no es la solución. En primer lugar, porque es absurdo, los jóvenes acceden mediante los dichosos teléfonos móviles, ordenadores, tablets, etc. en definitiva las pantallas a las que están ultra expuestos, y por otra parte porque lo que se prohíbe se viste de un velo de atracción.
Es fundamental que, tanto desde las familias como desde los centros educativos, demos las herramientas y la formación para hacerles llegar a los jóvenes que ese no es ningún modelo de relación ni por supuesto algo real. Además de generar espacios tanto en casa como en los centros donde los alumnos estén cómodos y puedan expresar lo que sienten en etapas tan difíciles como la pubertad, donde es frecuente confundirse y no tener las cosas claras. La educación sexual no puede seguir siendo un tabú ni un tema opcional, es una necesidad urgente, una cuestión de salud pública y de protección a la infancia.