Las noches de verano hace cincuenta años no eran tan calurosas como las actuales. Cuando aparecía la luna, era el momento más apetecible para estar en la calle, aprovechando el fresco que restauraba los cuerpos fatigados por el calor diurno.
Corrían los últimos años de la década de los setenta. En Alhama no había donde pasar el rato con los amigos (casi como ahora) y, como teníamos la suerte de que aun la invasión de las pantallas tardaría mucho en llegar, nos juntábamos para hablar. En los jardines, el Parque, el “Jardín de los Mártires” o dando un paseo por la “Senda de las Parras” para acercarnos a la “Media Luna”. Conversábamos sobre nuestras jóvenes inquietudes, esperanzas y aficiones.
Había una tertulia más o menos instaurada que se diferenciaba de estas charlas adolescentes. Esta tenía lugar, cuando apetecía, en la terraza de un local hotelero del pueblo, en el llamado “Hostal Tánger” un establecimiento que atendía las necesidades de los viajeros que nos visitaban o transitaban por la carretera general (faltaban años para que existiese la autovía).
La recepción de este hostal estaba abierta durante toda la noche y la recuerdo con las puertas abiertas que daban a una terraza donde recalaban los noctámbulos o insomnes para conversar y tomar alguna bebida fresca, que el mismo recepcionista se encargaba de servir.
La tertulia referida estaba compuesta por un grupo de adultos, amantes de la noche, quienes se pasaban allí las horas muertas debatiendo sobre lo humano y lo divino. En ella había pintores, escritores, intelectuales de diferentes pensamientos y cualquiera con inquietudes y cosas que decir.
Yo asistía, un poco apartada, desde la distancia de mi recién estrenada mayoría de edad y escuchaba como se hablaba de pintura, cantantes, literatura, cine, política… o mejor dicho, de pintores, canciones, libros, películas y partidos. Se nombraba lo que en unos años dejaría de estar prohibido, pero aún no.
No era una tertulia clandestina, ni falta que hacía, la noche era amiga y en aquel sitio se estaba a salvo. Junto con los olores de las plantas y de los tubos de escape de algún camión que pasaba de vez en cuando, a nosotros nos llegaba el olor distinto de algo que ya se notaba como se acercaba, la palabra con la que se nos llenaba la boca: La Democracia.
Aunque lo parezca no siento añoranza de estos tiempos (salvo cuando me duele la espalda). Si escribo esto es porque creo que es bueno compartir las cosas que han formado parte de la historia pequeña de nuestro pueblo.
Hacer tertulias me sigue pareciendo, en la actualidad, uno de los actos más subversivos y trasgresores. Hablar, compartir opiniones, debatir, intercambiar conocimientos. Por ello, intento, en la medida de lo posible, participar de ellas cuando se presenta la ocasión. Os lo recomiendo.