Al amanecer, casi todos los días, me despierta el gorjeo de un gorrión que viene a posarse en el alféizar de la ventana de mi dormitorio, donde recibe los primeros rayos de sol. A veces viene acompañado pero la mayoría de las mañanas aparece solo. Ese primer instante, cuando escucho su arrullo y mi mente aún no se ha puesto en funcionamiento, es sin ninguna duda, el mejor momento del día. Alguna vez me he levantado para mirar, solo por el placer de verlo, cuando estoy a menos de un metro del cristal, siente mi presencia y sale volando. Ya no intento acercarme, prefiero escuchar durante un rato más largo.“
Le gusta andar por las ramas, ir de balcón en balcón, sin que nadie le eche mano, como un gorrión…Y le da pena el canario, pero no envidia al halcón, le gusta volar bajito, como un gorrión. Y tutearse con las nubes y dormir en el rincón, donde no llegan los gatos, como un gorrión” (“Como un gorrión”. Serrat).
Con la entrada del día también entran otros sonidos menos agradables, el ruido ineludible de tanta noticia, de tanta locura que nos rodea ante la que parece que nadie sabe qué hacer.
Imagino que siempre ha sido así, la historia del mundo no es algo estático, cada día, cada año, cada siglo ocurre algo y algo cambia. Creo que ahora es diferente, sobre todo, la forma que tenemos de mirar y el lugar desde donde miramos.
No recuerdo a quien le escuché decir que, a lo largo de la historia, cada tragedia, cada guerra, ha tenido un tiempo “a posteriori” durante el cual se ha podido elaborar un relato, una narrativa que ha hecho mas o menos asumible el dolor sufrido. Ese tiempo “a posteriori” ahora no existe, vemos las guerras, la hambruna, el sufrimiento…a tiempo real, casi en vivo; muchas veces como fondo a los comentarios de alguien experto en geopolítica.
Los vaivenes incesantes del mundo actual, pegados a lo cotidiano, provocan angustia y desafección en las personas. Es imposible sentirse indiferente ante tanta información como también es imposible, paradójicamente, saber la verdad.
Hay un detonante que me impulsa a apagar esos ruidos que invaden mi tranquilidad: cuando escucho los comentarios jocosos que acompañan a las decisiones aberrantes de algún mandatario que está jugando con tantas vidas y tantos modos de vida. ¿de qué se ríen, qué les provoca esa sonrisa que asoma tras la noticia?
La poca experiencia que me han dado los años me dice que hay voces que no hay que oír, mejor poner atención al canto de los pájaros.
“Los gorriones son los niños del aire…, son el pueblo pobre, la masa trabajadora que ha de resolver a diario, de un modo heroico, el problema de la existencia. Su lucha por existir en la luz, por llenar de píos y revuelos el silencio torvo del mundo, es una lucha alegre, decidida, irrenunciable…” (“Los niños del aire”. Miguel Hernández)