Flecha hacia arriba

‘La virtud del egoísmo’, por Sergio Ruiz Escarabajal

Al Joker, el payaso psicópata que pelea con Batman, ese superhéroe murciélago de mallas negras y calzones exteriores, se le atribuye a menudo la frase «Vivimos en una sociedad». En internet se ha convertido en un meme, pero, como tanto de lo que acaba siendo un meme, es verdad; me recuerda a una clase de Geografía e Historia del instituto, en la que el profesor nos explicó la diferencia entre sociedad y comunidad: ambas son grupos humanos, pero en la comunidad todos se conocen, mientras que en la sociedad convivimos dependiendo de desconocidos.

La comunidad funciona por gusto; la sociedad, por incentivos. En esencia, la sociedad es una comunidad que creció tanto que necesitó un empujoncito de egoísmo para seguir andando.

Y ese empujón no es malo en sí.

De hecho, estoy convencido de que el egoísmo puede ser una fuerza de construcción si se le entrena bien, y el voluntariado internacional que acabo de empezar lo demuestra: estoy viviendo en San Quintín, en la región de Altos de Francia, en una vivienda municipal que comparto con mi pareja, también seleccionada en el mismo programa del Cuerpo Europeo de Solidaridad. Nos aceptaron como tándem profesional: nuestros perfiles se complementan tanto que la organización entendió que juntos éramos la mejor propuesta posible. Ella es cantante de ópera y trabaja con la pedagogía musical como vehículo del aprendizaje lingüístico; yo, traductor y profesor, estoy centrado en diseñar proyectos educativos para el alumnado con Altas Capacidades y otras formas de neurodivergencia. En pocas palabras, ella enseña con la música, y yo con el método.

Nuestra labor aquí consiste en enseñar inglés en colegios y centros sociales con alumnado en situación de dificultad, además de participar en intercambios culturales intergeneracionales: no sólo damos clases a niños y jóvenes, sino también a personas mayores que quieren perfeccionar su inglés; a cambio, ellos nos enseñan un francés más elegante, salpicado de refranes antiguos y expresiones que ya no salen en los manuales.

Pocos ejemplos hay mejores para «mutuo beneficio».

Porque, siendo sinceros, nadie se levanta una mañana y dice «¡Voy a ser voluntario por puro altruismo!». Todos esperamos algo a cambio, y eso está bien. En mi caso, además de fortalecer mi experiencia docente, estoy aprendiendo de un sistema público y educativo diferente, perfeccionando el idioma, y (todo sea dicho) viviendo en Europa sin pagar alquiler. Ellos ganan un educador motivado; yo, un aprendizaje que no se compra con dinero. Es un intercambio justo que no elimina el egoísmo, sino que lo refina.

Mas vive Dios que no siempre fue así. Mi primera experiencia intereuropea, en Poitiers, fue un desastre con nombre francés: entre una residencia donde hasta las lavadoras conspiraban contra mí, una conexión a internet que bloqueaba cualquier intento de ocio, y un ambiente tan cerrado que ni el idioma servía de puente, salí con la certeza de que Francia y yo no hablábamos el mismo lenguaje.

San Quintín, sin embargo, me ha demostrado que el problema no era el país, sino el contexto: aquí la gente pregunta, escucha, ayuda, y parece genuinamente interesada en que uno se sienta parte del tejido social. Es una Francia más humana, menos burocrática.

Sí confesaré que echo de menos el Sol, que aquí sale por fascículos, y el jamón ElPozo, manjar patrio de supermercado que ningún francés entiende. Pero me sorprende gratamente que la cesta de la compra no sea tan cara como nos la pintaron, que el aceite andaluz siga encontrando hueco en las estanterías, y que los sueldos franceses permitan una vida con menos sobresaltos económicos.

De algún modo, este equilibrio de dar y recibir me ha reconciliado con la idea de Europa, pero no la Europa abstracta de las instituciones, sino la real: la que se construye cuando un murciano enseña inglés a un niño francés, mientras su pareja entrena la pronunciación con canciones educativas. Europa empieza ahí, en el intercambio de lo que uno sabe hacer por lo que otro necesita aprender.

Por eso defiendo sin complejos que mi voluntariado no es un sacrificio, sino un acto de egoísmo productivo: me beneficio aprendiendo, ellos se benefician enseñándome, y todos salimos mejores del trato. El altruismo puro es un mito; lo verdaderamente virtuoso es usar el interés propio como motor del bien común.

Porque, al final, una comunidad (o una sociedad) no es más que eso: gente que se ayuda porque, de una forma u otra, le conviene hacerlo; pero lo menester no es subir pisando al de al lado, sino auparnos por turnos.

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