Escribir sin faltas es el nuevo carné de conducir cultural: todo el mundo cree que lo tiene, pero pocos pasarían el examen si se presentaran hoy. Las redes sociales, autovías del texto sin guardarraíles, han convertido a cada hablante en editor de su propio periódico y, como era de esperar, la ortografía ha sufrido más que el hígado de un adolescente en Nochevieja.
En ese contexto, la Real Academia Española podría entenderse como si fuera un órgano judicial. «¡La RAE debería prohibir esto!» se clamaría; «¡Cómo es posible que ahora acepten almóndiga!». Como si el diccionario tuviera un botón rojo que, al pulsarlo, derribara de inmediato las palabras «no oficiales» con un rayo láser de gramática vengativa.
Una de las primeras lecciones que aprenden los traductores novatos es que la RAE no es la policía del idioma: no sanciona, no multa, y no te embarga el teclado si escribes «haiga» o «asín». Es una notaría, no un templo sagrado: apunta lo que pasa, no lo que debería pasar. Es una institución que documenta el estado actual de la lengua, que está viva.
Ahora bien, eso no significa que todo valga. El lenguaje es un sistema vivo, sí, pero también es un sistema, y todo sistema necesita unas normas mínimas de funcionamiento. Que el idioma cambie no implica que tenga que hacerlo por capricho o porque alguien se levante con idea de ser disruptivo con la tilde. Necesitamos una ortografía oficial y una sintaxis consensuada por el mismo motivo por el que necesitamos señales de tráfico, fórmulas químicas estándar o un sistema métrico común: para que el mensaje viaje con la menor cantidad posible de interferencias.
Nadie dice «me gusta obedecer al diccionario», pero, si quieres que tu lector te entienda, tú y la otra persona necesitáis una referencia compartida. Aunque sea para transgredirla con gusto, como hacen los grandes. Porque he ahí la clave: transgredir la norma no es el problema; el problema es no saber que estás transgrediendo.
Escribir «estubo» no es rebeldía ortográfica sino error, al desconocer cómo y por qué esa palabra se inventó con v. E igual de importantes son el qué, el cómo y el dónde, porque decir «la calor» en Andalucía es evolución fonológica regional, pero escribirlo en una columna del BOE es otra cosa.
Para que alguien tenga derecho (y digo más aún: deber) de moldear la lengua, los tres requisitos que yo me impongo a mí mismo son los siguientes:
- Conocer la norma vigente. No se puede doblar una regla si no sabes dónde está.
- Detectar una pauta consistente. Cambiar una palabra «porque suena mejor» no basta; cambiarla porque millones ya la usan y la analogía lingüística lo avala… empieza a tener sentido.
- Argumentar con lógica etimológica. No con rabia, ni con memes, ni con paternalismo. Con gramática, fonética, semántica. Hay que merecerse el cambio.
Hay que saber qué dice la teoría, que no estás solo en el cambio, y que tu versión es superior a la original.
El idioma no se impone: se comparte. Es el resultado de un acuerdo tácito entre millones de cerebros que, de algún modo, consiguen entenderse. Y como todo acuerdo, se puede renegociar. Pero hay que llegar con la cabeza fría, no con la camiseta del recreo.
Así que sí, puedes escribir como quieras. Nadie va a multarte. Pero tampoco te van a entender, y eso es mucho peor.
La lengua no es una cárcel. Pero tampoco es una discoteca a las cinco de la mañana donde cada quien grita lo que quiere.
Es un puente. Y el que no sabe construirlo, mejor que no lo dinamite.