“Me gustaría una humanidad que se preocupe de que vivan los bichos que nos acompañan, que los pájaros sigan cantando” José Mujica.
Hay personas que, cuando mueren, hacen que el mundo, de pronto, se convierta en un lugar un poco más desangelado. La muerte del agricultor que llegó a la presidencia de Uruguay ha llenado de pesar los corazones de millones de personas.
Su nombre es José Alberto Mújica Cordano, sin embargo, es Pepe como todo el mundo lo llama. Formó parte en los años sesenta del Movimiento de Liberación Nacional “Tupamaros” lo que supuso su encarcelación y padecimiento de torturas durante doce años.
José Mujica estuvo “siete años sin leer un libro y con mucho tiempo para pensar”. Él mismo asegura que “esos años de soledad fueron probablemente los que más me enseñaron. Tuve que repensarlo todo y aprender a galopar hacia adentro por momentos, para no volverme loco”.
A pesar de lo sufrido salió de la cárcel sin rencor ni odio.
Llegó a ser senador y presidente de su país, nunca ocupó la residencia asignada al primer mandatario, siguió viviendo en su casa de campo hasta sus últimos días.
Su figura ha ido creciendo con el paso de los años de manera proporcional a como ha ido cambiando el sistema de vida consumista en el que nos hallamos envueltos. Su casita, su “chacra” se había convertido en centro casi de peregrinaje para multitud de personas, de jóvenes que querían comprobar con sus ojos la coherencia de un hombre que vivía con lo preciso. Mujica todo esto lo miraba desde la extrañeza y un cierto sentido del humor, decía que su forma de vivir era la normal, en consonancia con la tierra y la naturaleza.
Hay una leyenda guaraní que se ha citado estos días como representación de la vida de este líder uruguayo, la leyenda guaraní del colibrí. En ella se cuenta la historia de un colibrí que pretendía apagar un fuego enorme que se había originado en el bosque llevando agua en su pico, una y otra vez, desde el lago a las llamas. El jaguar al enterarse de su propósito le dijo que era una locura pensar que, el sólo y de esa manera, podría apagar el fuego, a lo que el colibrí respondió: “Yo hago mi parte”.
Sobre esto reflexiono mientras las imágenes y noticias del genocidio de Gaza por parte de Israel invaden la vida de todos. Y me da por pensar que, las mujeres, hombres y niños gazaties, no tienen ninguna opción para poder “hacer su parte”, ningún derecho, ninguna posibilidad de acabar con esa situación horrenda e injusta a la que han sido arrastrados.
Pero ¿Y el resto del mundo? ¿Y todos los países que hablan y hablan en foros mundiales? ¿Y las organizaciones que supuestamente velan por la justicia?
Como si de una serie de Netflix se tratase, vemos cada día un nuevo capítulo de esta historia sobre el exterminio de un pueblo para poder construir en su lugar una zona futurista de libre comercio que al parecer ya tiene nombre “Gaza 2035”.
“¿Dónde están?… ¿Quiénes?…los hombres…. construyamos un nido…. pero dónde, dónde..?,…no sé…”(Los pájaros de Hiroshima)