Los jóvenes somos, para algunos, poco menos que el diablo encarnado: cambiamos hijos por mascotas, nos saltamos jerarquías profesionales como si fueran anuncios de YouTube, y nos negamos sistemáticamente a ser adultos responsables. Dilapidamos nuestro potencial en memes, bajamos la natalidad como si fuera una app, y no hacemos más que quejarnos. O al menos eso dicen los medios de comunicación que peor comunican y más huelen a guardado.
Y será que tienen razón, ¿no? Si la gente que en los 80 conseguía ser jefe de planta con un bachillerato y pedirlo por favor dice que no nos esforzamos, ¿quiénes somos nosotros para rebatirles? Que no importa que pidan cinco años de experiencia para un puesto de recién graduado, o que exijan tres años de manejo con tecnologías que salieron hace dos (caso real). Que no importa que el contrato dure menos que la tinta de la impresora. Lo importante, al parecer, es obedecer sin rechistar mientras nos hacen sentir culpables por querer vivir con dignidad.
Imagina que el cacique de la aldea te prohíbe usar arcos prestados, pero también fabricar el tuyo. Te da una brújula que cambia de norte según la hora del día, y te manda por el sendero que cruza la cueva del oso. Tu misión es coger la fruta más alta del árbol que crece sobre una cascada, porque los vergeles accesibles están agotados… o directamente vallados, con un cartel que dice: «Propiedad del boom económico, prohibido soñadores».
Pues así nos sentimos, constantemente.
Y luego sorprende que caigamos en estafas motivacionales que prometen libertad financiera en tres pasos como quien recalienta una pizza, o gurús de la disciplina que confunden meritocracia con sadomaso laboral. Pero, si con máster y experiencia seguimos atrapados en prácticas no remuneradas, ¿de verdad es tan sorprendente que alguien prefiera el humo cuando el aire puro ya huele a frustración?
Este artículo no es otra cosa que un fado. Porque las condiciones que arrasan a una generación hoy arrasarán a todas las demás mañana. Y sí: queremos vivir como pudieron vivir nuestros padres. No ser ricos, ni asquerosos, ni asquerosamente ricos. No queremos dominar el mundo (ya tenemos videojuegos para eso), sólo poder pagar el alquiler sin necesitar la aprobación del horóscopo y tres sueldos simultáneos.
El presupuesto para tostadas de aguacate se lo lleva años comiendo el coste de la vida.
La precariedad no es juventud. El agotamiento no es madurez. Y la indiferencia institucional hacia los nuevos no es estabilidad, sino suicidio diferido.
Somos el 20 % del presente, sí. Pero también somos el 100 % del futuro. Los que cuidarán, legislarán, sostendrán y reconstruirán. La economía que hoy nos asfixia será la que mañana tú necesites para cobrar la pensión. La sanidad que hoy no nos atiende es la que mañana tendrá que atenderte a ti. Y la democracia que hoy desprecia nuestras voces será la que mañana no tenga a nadie que la defienda.
No se trata de legislar contra los viejos. Se trata de dejar de olvidar a los nuevos. Si construyes un mundo sin nosotros, no te sorprendas cuando ese mundo colapse en tus manos.
Así que escucha. No porque gritemos, sino porque vamos a vivir más tiempo con las consecuencias de tus decisiones que tú mismo.
Y, como mínimo, eso merece una silla en la mesa. Aunque no sea en la cabecera.