Flecha hacia arriba

“La costurera del viento” gana el Concurso Literario del 8M con un relato sobre la memoria y la resistencia de las mujeres

La obra de Germán Patricio Caicedo teje, desde la metáfora y la tradición, un homenaje a las generaciones femeninas que sostuvieron la historia en silencio


El certamen literario reconoce textos que invitan a reflexionar sobre la igualdad a través de la creación cultural y la palabra escrita

“La costurera del viento”, del autor Germán Patricio Caicedo Ramírez, ha sido reconocida como la mejor obra del Concurso Literario convocado con motivo del Día Internacional de las Mujeres. El relato aborda, desde una perspectiva simbólica y poética, la memoria y la resistencia silenciosa de las mujeres a lo largo de generaciones, construyendo un hilo narrativo que conecta el pasado con las luchas presentes por la igualdad.

El certamen, integrado en la programación conmemorativa del 8M, culminó con la entrega de premios en un acto celebrado en el Centro de Exposiciones de El Pósito. El primer galardón, dotado con 200 euros, fue otorgado a esta obra tras la deliberación del jurado encargado de valorar los textos presentados.

El segundo premio, con una cuantía de 150 euros, recayó en Fina García Romero por su relato “La reina”, mientras que Sonia Montoya Barqueros obtuvo el tercer puesto con “Piscis”, dotado con 100 euros. Durante la ceremonia, las personas premiadas recibieron sus diplomas y compartieron la lectura de sus trabajos con el público asistente.

La concejala de Mujer e Igualdad, Dori Muñoz, fue la encargada de hacer entrega de los reconocimientos y destacó la importancia de este tipo de iniciativas culturales como espacios de reflexión y participación en torno a la igualdad. En la apertura del acto agradeció la implicación de las personas participantes en el certamen, así como la colaboración del Consejo Asesor de la Mujer e Isabel Campos en el desarrollo de las actividades programadas con motivo del 8 de marzo.

La jornada incluyó también la intervención de la escritora Dori Peña, autora de la novela “Punto de partida”, quien compartió con el público las motivaciones que la llevaron a escribir esta obra y presentó algunos de los elementos que articulan su trama. El acto concluyó con el cierre institucional de la entrega de premios del Concurso Literario del 8M, celebrada el pasado 12 de marzo a las 19:30 horas en el Centro de Exposiciones de El Pósito.

‘La Costurera del Viento’, por Germán Patricio Caicedo

En un pequeño pueblo, marzo no entraba con la suavidad de la primavera, sino con el estruendo de un océano invisible. El viento bajaba de los cerros con una violencia antigua, golpeando las puertas de madera y haciendo silbar las chimeneas como si los antepasados quisieran recuperar su voz. Los hombres se refugiaban en las tabernas y las mujeres cerraban las ventanas, protegiendo las llamas de las velas.

Todas, excepto Doña Carmen.

Carmen era una mujer activa. Sus manos, nudosas como raíces de olivo, no le temían al frío. Cada tarde de marzo, mientras el resto del pueblo se resguardaba, ella sacaba su vieja silla de madera al porche. No llevaba lana, ni lino, ni seda. Sobre sus rodillas descansaba un costurero de madera de nogal que olía a tiempo y a lavanda seca.

—Ya empezó la vieja con sus locuras —decían los vecinos, observándola desde las rendijas de sus persianas.

Carmen movía las manos en el aire con una precisión quirúrgica. Atrapaba el vacío, tiraba de hilos invisibles y los anudaba con una agilidad que desafiaba sus ochenta años. Para el ojo distraído, Carmen solo cosía el vacío. Para ella, el aire de marzo estaba saturado de jirones: trozos de historias que nadie quiso contar, nombres olvidados y suspiros que quedaron atrapados en los zaguanes de la historia local.

Una tarde, su nieta María, de apenas diez años, se sentó a su lado. La niña, a diferencia de los adultos, no tenía el juicio nublado por la lógica. Ella miraba las manos de su abuela con una mezcla de fascinación y respeto.

—Abuela, ¿por qué coses cuando el viento sopla más fuerte? —preguntó María, cubriéndose los ojos de la arena que levantaba el vendaval.

Carmen no detuvo su labor. Sus dedos hicieron una lazada en el aire, justo donde una ráfaga acababa de quebrar una rama de jazmín.

—Porque si no los ato en un solo manto, se perderán para siempre, y naceréis sin saber quiénes sois.

María extendió la mano, tratando de imitar a su abuela.

—¿Y qué estás cosiendo ahora?

—Ahora mismo —dijo Carmen, con sus ojos llenos de lágrimas—, estoy rescatando el llanto de tu tatarabuela cuando le prohibieron estudiar para ser médico. Y lo estoy uniendo a la risa de las lavanderas que, en el río, conspiraban para que sus hijas fueran libres. ¿Sientes ese tirón en el aire? Es la fuerza de las que sostuvieron las casas mientras los hombres estaban en la guerra. Son hilos de acero, María. Finos, pero imposibles de romper.

A medida que avanzaba el relato, Carmen describía cada “puntada”. Habló de la “Puntada del Sacrificio”, aquella que mantenía unidas las familias cuando no había pan, hecha con el hilo invisible de la paciencia materna. Habló del “Punto de Cruz de la Rebeldía”, ese que se cosía en secreto cuando una mujer se atrevía a leer un libro a escondidas o a decir “no” por primera vez.

Explicó cómo este pequeño pueblo había sido construido no solo con piedra y barro, sino con la resistencia silenciosa de las mujeres. Carmen le explicó a María que cada 8 de marzo, el cielo se llenaba de estos fragmentos. La labor de Carmen era una forma de justicia poética: devolverles su lugar en el tejido del mundo.

—Mucha gente cree que el 8 de marzo es un día para regalar flores —comentó Carmen con una sonrisa triste—. Pero las flores se marchitan en tres días. Lo que yo hago aquí es eterno. Estoy tejiendo una armadura para ti. Para que cuando camines por la calle, sientas que no vas sola. Que caminas sobre los hombros de gigantes que supieron remendar su mundo.

El clímax de la obra llega cuando el viento alcanza su máxima potencia. Las nubes de marzo se tiñen de un violeta profundo y el aire parece cargado de electricidad. Carmen se puso de pie, su figura menuda desafiando la tormenta. Con un movimiento majestuoso, extendió sus brazos como si sostuviera una tela inmensa que cubría toda la calle.

—¡Ya está terminado! —gritó sobre el rugido del viento.

Se acercó a María y, con un gesto solemne, hizo el ademán de colocarle una capa sobre los hombros. En ese instante, María sintió un calor repentino. No era una tela física, pero sintió un peso reconfortante, una seguridad que le recorrió la espalda. De repente, el miedo al viento desapareció. Ya no era un rugido amenazante: era una sinfonía de voces conocidas, de abuelas, tías, vecinas y desconocidas que le susurraban: “Estamos aquí”.

Carmen se sentó de nuevo, agotada. Sus manos finalmente descansaron.

—Mañana —dijo la anciana—, el viento se calmará. Pero tú llevarás puesto este manto. Otros no lo verán, pero tú notarás que tu espalda está más recta y que tus pasos son más firmes. Y algún día, cuando yo sea solo una ráfaga más en este aire de marzo, tú tendrás que sacar el costurero y sentarte en este porche. Porque siempre habrá nuevas historias que rescatar del olvido.

El relato termina años después. Carmen ya no está en el porche. Es un nuevo 8 de marzo y el viento vuelve a soplar en el pueblo con su furia característica. Los vecinos, ahora más jóvenes pero con los mismos prejuicios, ven a una mujer joven sentada en la vieja silla de madera.

Es María. Ella no mira al vacío con locura. Mira al horizonte con una determinación feroz. Sus manos se elevan y empiezan a atrapar los suspiros del presente: el cansancio de la profesional que llega a casa, los sueños de la joven que quiere conquistar el espacio, la lucha de la madre que busca igualdad.

María mueve la aguja invisible. El hilo de marzo nunca se acaba, porque la historia de la mujer es un tejido que se expande hacia el infinito, una puntada a la vez, bajo el cielo de un pueblo que, finalmente, ha empezado a escuchar al viento.

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