Por Sonia Montoya Barqueros, segundo premio del Concurso Literario por el Día de la Mujer del Ayuntamiento de Alhama de Murcia
Que no, que yo no iba a recoger mi habitación mientras que mi hermano estaba viendo la tele… porque no me daba la gana. Simple y llanamente. No debía de tener ni siete años por aquel entonces o si los tenía tampoco hacía mucho que los había cumplido. Igualmente no lo comprendía, no me convencía y por más veces que insistiera mi madre me dije que no y que no, que eso así no podía ser porque no era justo.
Ella no dejaba de chillar dándome una retahíla de justificaciones:
«Que mira como tienes los zapatos puestos de cualquier manera..! –
que esto así no puede ser… que eres una desastrá !
Venga y ponte ahora mismo que como vaya yo verás…»
Pero yo no reaccionaba, mi mente y mi cuerpo se quedaron anclados en un razonamiento muy simple: dos cuerpos con dos brazos y dos piernas, dos habitaciones con enredos, ¿por qué yo sí y él no? Mientras mi madre estallaba y se retroalimentaba en su enfado como un volcán amenazante mi hermano ni se inmutó. De hecho creo, que ni se enteró de lo que estaba pasando a su alrededor porque ni pestañeaba con la mirada fija en el televisor.
Mi casa se convirtió en un campo de batalla durante los años que siguieron hasta que por fin pude emanciparme. Sí o sí yo tenía que fregar los platos, hacer mi cama, recoger la casa y un sin fin de tareas más mientras que mi hermano permanecía exento. Ni ella ni yo teníamos la intención de ceder lo más mínimo en nuestra lucha y él la verdad que no tomó partido nunca.
Ahora, con la perspectiva que me da los casi ya veinte años que hace que me independicé caigo en la cuenta del agotamiento con el que salí del nido materno. La resistencia a la autoridad y al adoctrinamiento de mi casa no me produjeron nada más que malestar, resentimiento y tristeza. Nunca conseguí ganar al cien por cien ninguna batalla. Jamás me dijo mi madre nunca: – bueno hija, puede que tengas razón… Ni tan siquiera alguna vez:
“- a ver… dime… te escucho. Nada de nada. Nunca.
Supongo que eso me minó el carácter y me dotó de cierto conformismo. Tuve que aprender al salir al mundo, que sin más remedio tenía que aceptar que hay muros que son imposibles de romper y que lo más sensato es sortearlos. Porque el empecinamiento sólo produce desgaste al espíritu. Me pasó en el trabajo, donde con distinta forma me encontré con las mismas trabas. Un sistema de clases impuesto, unas bases de funcionamiento ya muy forjadas y en donde las alternativas ni se contemplaban.
Fue un proceso muy doloroso en el que yo misma me asqueaba de mi propia resignación. Las injusticias irrazonables (porque nunca deje de ver más allá del género, un cuerpo con dos piernas, dos brazos y unas necesidades básicas innatas) se extendían en prácticamente todas las áreas de mi vida. Me daba vergüenza ajena por ejemplo, cuando ante una mesa repleta de familiares las mujeres criticaban en la cocina a la única mujer que se quedaba sentada con los hombres mientras nosotras recogíamos los platos antes del postre. Me mordía la lengua y me quemaban en el estómago toda una serie de argumentos por los cuáles todos y absolutamente todos estábamos en la obligación de dar un brinco automático de la mesa y recoger cada uno su plato.
Pero me callaba, el trauma de la ira lo llevaba calado muy hondo. El miedo al rechazo se aferraba a mis antecedentes y durante una etapa de mi vida me dediqué a respirar hondo y a dejar pasar las cosas. La niña que fui seguía enfadada con su madre y con el mundo, con el tiempo que le había tocado vivir, con todo y con todos…
Pero fue a base de profundizar en los porqués que un día me di cuenta que las convicciones de mi madre no eran más que el fruto de su propia infancia, de la educación y la época en la que ella había vivido y cómo a su vez mi abuela la crio conforme la habían enseñado a ella. Ni ella, ni yo, ni mi abuela… ni ninguna de las que criticaban en la cocina éramos culpables. No había buenos ni malos. Sólo se trataba de ver el mundo con más o menos ignorancia.
Así empecé a mirar mi propia historia y a su vez la del mundo con una mirada más tolerante e incluso con más perspectiva. Caí en la cuenta que las reivindicaciones históricas de la mujer habían dado frutos en última instancia gracias al amor, el respeto y la empatía. Que al final los avances en la sociedad se quedan porque se abrazan. Y que ese abrazo individual repercute en el bienestar de los que nos rodean. En cada casa, en cada lugar de trabajo, en cada historia entre dos…
Gracias a todo aquel proceso meditativo liberé a mi niña interior de la incomprensión, de la ira y de la sed de venganza. Cayó por fin el César. Y ahora desde otra armonía estoy aquí también como madre que sólo intenta hacerlo lo mejor que sabe compartiendo estas palabras por si en su lectura pudiera ayudar a alguien que como yo siente que colaborando otro mundo es posible.