Érase una vez un reino muy lejano en el que nació una niña, su destino era liderar…
Hablamos de un clásico de Disney de los que hicieron historia. Si ya en su momento la polémica desatada por la escena del beso y sus detractores, al considerarlo no consentido dio de que hablar, la nueva versión de este clásico donde se muestra una Blanca Nieves fuerte, justa y valiente tampoco está libre de polémicas. Versión en la que por cierto sigue estando ese beso y, sinceramente, no es lo que personalmente me parezca más importante.
La polémica ya estaba desatada incluso antes de su estreno solamente con su elenco de actores. Por un lado Rachel Zegler, la protagonista, que en lo personal pone en práctica los valores inculcados por la superproducción, al no temblarle el pulso a la hora de realizar declaraciones en contra de Trump, pese a las advertencias de los productores.
Como tampoco esconde su afinidad con el pueblo palestino, sin importarle las tiranteces que esto supone con su compañera de reparto, la israelí Gal Gadot, que interpreta el papel de la malvada reina, usurpadora de un trono que no le corresponde.
Habrá quien piense que todo parecido con la realidad sea pura coincidencia o quienes entiendan que puede que no, y se dediquen a publicar titulares y comentarios como los vistos estos últimos días. «Blanca Nieves se hunde en la taquilla de EEUU», «El fracaso histórico de Disney», «Blanca Nieves consigue entrar en la lista de IMDb en la que ninguna película querría estar». Incluso usuarios de redes la catalogan como bodrio. Estarían viendo otra película distinta a la que yo vi el pasado sábado.
El caso que salí del cine bastante satisfecha, aparte de encantadora, me pareció que los mensajes eran muy necesarios. Como abandonar la idea de una chica débil, frágil y sumisa para dar paso a esa persona valiente, fuerte y justa. Dejar claro que las tareas del hogar son responsabilidad de todos en casa y la más importante de todas, fomentar la unión del pueblo para enfrentarse al poder ávaro que los domina, mientras ellos se encuentran sumidos en la pobreza y peleándose entre sí.
Realmente no ha sido una pésima recaudación pero es cierto que no es la esperada, algo que celebrarán todos aquellos que opinan que reescribir cuentos clásicos para adaptarlos a nuestros tiempos es una idea errónea.
Este fin de semana se proyecta en Alhama, la recomiendo muchísimo, es perfecta para verla con los más pequeños, y no tan pequeños, porque pueden, por ejemplo, llegar a sentir ese punto de nostalgia y subidón cuando se divisan por la montaña las sombras de los enanitos entonando su mítico Ay Hop, momento en el que todos los pequeños se levantaron de sus butacas para cantar y aplaudir. Una conexión con nuestros hijos a través del tiempo estupenda.
Y por supuesto, nadie me quita la satisfacción de haberla podido compartir con mi hija, con la que después comenté todos los detalles en una agradable y sensata cena.