Sólo hay dos cosas seguras en la vida: la muerte y pagar impuestos. La diferencia es que la muerte se puede retrasar gracias a la vida sana, pero Hacienda te localiza antes incluso de que puedas votar (esto es, en los Estados donde al menos el ciudadano tiene derecho a voto, que aunque lo olvidemos no está garantizado); en esa misma línea, de hecho, cuanto más vivas, más oportunidades para pagar impuestos tendrás la vivencia de satisfacer.
El problema de los impuestos, como todo en la vida, no es su mera existencia, sino cuando se les da prioridad máxima sin el consiguiente control necesario: me da en la nariz que, si los recursos públicos se administraran con un rigor mínimo, nuestros caciques podrían incluso robarnos sin que nos diéramos cuenta. O sea, más de lo que ya lo hacen, quiero decir.
Porque, aunque no lo parezca, en nuestro país hay billete, y mucho.
De hecho, tenemos tanto dinero, que hace veinte años se lo dimos a los bancos y aún no se lo hemos hecho devolver: qué finanzas tan fuertes y qué poderío nacional debemos tener, ¿verdad? A fin de cuentas, un país civilizado no mantendría gestiones de república bananera, ¿a que no?
Esto que yo expreso no es más que la consecuencia inevitable de prestar demasiada atención (la debida, en realidad) en clase de Historia: cinco añitos tenía yo cuando explotó la burbuja inmobiliaria, y desde entonces no he dejado de oír que hay crisis. En el capitalismo se suponía que las crisis eran cíclicas, ¿no? Lo digo porque ésta parece permanente…
Y permanente también parece ser algo tan español como la envidia: si los impuestos son lo único seguro en esta economía, engendran la única forma de empleo realmente estable hoy en día, el funcionariado; lo que pasa es que, cuando estamos más pendientes de que recorten al otro que de que nos traten a nosotros igual de bien que a él, la frustración social, entendible pero tuerta, se dirige al pobre diablo que aprobó una oposición en vez de al pirata con corbata que la convirtió en la única opción viable.
Recién llegado el euro, el funcionario mileurista era un pobrecito porque el sector privado ofrecía casi el doble; pero, al llegar la crisis, como fueron de los pocos que conservaron el empleo, a nadie le importó la friolera de sueldos congelados que aguantaron, ni el poder adquisitivo que se les escapó de entre los dedos. No nos damos cuenta de que el empleado público sólo ha mejorado sus condiciones en oposición a lo mucho que se ha maltratado al resto de la población activa; no es que ellos hayan subido, es que a los demás los empujaron al mar con un ladrillo atado a los pies.
Si el administrativo chupatintas tiene para una vida digna, ¿cuánto no te habrán quitado a ti después de prometértelo?
El funcionario, como su propio nombre indica, cumple una función: no está ahí para volverse rico ni para vender salchichas, sino para mantener ciertas estructuras funcionando sin importar quién gobierne o que el mercado laboral se incendie otra vez en lo que va de año. Ni trabaja muchísimo ni trabaja poquísimo, sino una cosa normal; lo que ocurre es que el común de los mortales vive tan acostumbrado a la explotación que la dignidad humana nos parece un privilegio.
Que, por si fuera poco, aún no hemos dicho las cosas como son: no necesitaríamos tener esta conversación si aquel rescate a los bancos hubiera sido, como afirmó en su día que iba a ser M. Rajoy (¿quién?), «un préstamo a la banca que va a pagar la propia banca». Vale que yo era pequeñito y ni pinchaba ni cortaba, pero ¿a ti te lo han devuelto? A mis padres desde luego que no.
No odias a los funcionarios ni tú, ni yo, ni nadie: odias la imagen adulterada del funcionariado que nos han vendido para que la banca siempre gane.
Odias, con motivo, que los que vaciaron el país se sigan repartiendo beneficios.
