Flecha hacia arriba

‘Érase un visillo’ por Sergio Ruiz Escarabajal

Dice la ley de Murphy que la mejor manera de conseguir una respuesta en internet no es hacer una pregunta, sino publicar una respuesta equivocada. Por ejemplo: cuando quieres recordar cómo se llama ese principio social que explica que la gente tiende a corregir mucho antes que a ayudar, empiezas un artículo definiendo la ley de Cunningham… pero la llamas ley de Murphy.

Porque estoy convencido de que tu primer impulso al leer esto ha sido pensar: «Espera, la ley de Murphy es otra cosa, ¿de qué está hablando este fulano?». Y haces bien. Pero que no se nos suba a la cabeza.

Este asunto tiene miga. Evolutivamente, a cualquier tribu le conviene que sus miembros sean lo más inteligentes posible; pero el tejido social empieza a resentirse cuando esa inteligencia se manifiesta principalmente en forma de corrección compulsiva. A fuerza de enmendar al prójimo, uno acaba cayendo mal incluso cuando tiene razón.

Vivimos así en una paradoja curiosa: aprovechar cualquier rendija para dárnoslas de entendidos es un gesto que, en teoría, busca elevar el nivel general, pero que en la práctica suele servir para adornar el ego de uno. No hay nada especialmente noble en apostillar al otro si el objetivo real es que terceros nos perciban con un halo de sabiduría. No voy a fingir inocencia: yo mismo escribo trescientas palabras cuando podría resumir lo que quiero decir en tres líneas.

El problema aparece cuando esta pulsión por corregir se convierte en una forma de vigilancia. Estamos demasiado pendientes de lo del otro cuando ni siquiera hemos puesto en orden lo nuestro. Es la historia de siempre: vemos la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el nuestro. Y no es un fenómeno nuevo; antes del telefonillo ya existían los visillos.

Los vecinos curiosos llevan ahí toda la vida. Si se quedara en comadreo inofensivo, no pasaría nada, pero los monos como nosotros somos una especie particularmente sensible a la mirada de los demás. Fiscalizar la vida ajena no es sólo cotillear: es una forma de presión. Y esa presión cotidiana, aparentemente trivial, acaba siendo el terreno fértil donde prosperan opresiones más profundas.

Federico García Lorca lo entendió perfectamente (antes de que los franquistas lo asesinaran por homosexual, republicano e intelectual, claro). La casa de Bernarda Alba muestra cómo la desigualdad no se perpetúa únicamente desde arriba, sino también desde dentro: Bernarda es mujer y, sin embargo, reproduce dentro de su casa un sistema que oprime a sus propias hijas. No lo hace porque no pueda imaginar algo mejor, sino porque vigila, corrige y castiga en nombre de un orden que cree necesario. Y la sociología consciente advierte a nivel científico que la única manera de perpetuar órdenes injustos como éste es mediante una maquinaria de propaganda que, a través del engaño y la distracción institucionales, nos haga creer que las cosas son como son ahora porque siempre fueron así, y que así deberían seguir siendo.

Ése es el verdadero peligro de obsesionarse con la paja en el ojo ajeno: que, intentando ocultar la viga en el propio, acabemos ciegos. O peor aún, que impidamos al otro limpiarse. Evitamos la felicidad ajena sin ganar nada a cambio, hasta el punto de sabotear la nuestra. La envidia funciona como una gangrena: una sociedad no puede avanzar si el ciudadano medio prefiere que le bajen el sueldo al vecino antes que reclamar que se lo suban a él.

Regocijarse en la desgracia ajena es tan estúpido como celebrar que el campo del vecino arde, porque el fuego no entiende de lindes.

Vivimos en un mundo en el que a algunos les conviene que estemos distraídos corrigiéndonos unos a otros, riéndonos del error ajeno y peleando por migajas (morales y materiales), porque así la tarta se la reparten ellos. Yo sólo digo que conviene tener cuidado: cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar.

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