Son las dos de la madrugada y hace un calor asfixiante. Al fondo, la entrecortada respiración de mi madre me mantiene en vilo.
Intento distraer mi mente que, en este entorno, va de un pensamiento a otro, todos llenos de nostalgia.
Recurro a la lectura, imposible concentrarme. Mi mirada recorre las páginas del libro pero mi cerebro se empeña en boicotear cualquier información que las palabras quieren transmitir.
Acabo yendo al mal de nuestros días, las pantallas: el móvil, la Tablet, con ellas todo el trabajo está hecho, yo soy una mera receptora.
No hay manera, aquí todo lo que veo no me ayuda. Van saltando noticias una y otra vez en las que los comportamientos y emociones más atávicos se materializan en actos que ponen en duda mi fe en la Humanidad. Guerras, corrupción, turismo desaforado y, en el entorno más cercano, el odio, la violencia, el rechazo al otro.
Entre unas cosas y otras ya son las cuatro y no consigo que nada parecido al sueño, aparezca. Lo que si aparece es un mosquito, la guinda del pastel.
Me levanto, en silencio, para buscar el aparato anti mosquitos y conectarlo a un enchufe. Voy al comedor y comienzo a abrir cajones llenos de cosas, aparentemente inservibles, que nadie ha decidido aún deshacerse de ellas: recuerdos de viajes, recetas de dulces navideños, recibos, lápices de colores, algún rotulador reseco de los tiempos en que los nietos invadían la casa de la abuela… resquicios de un tiempo en que no se tiraba nada.
De pronto algo destacó entre el batiburrillo.
Allí estaba, un mantelito pequeño, que había sido blanco, rodeado por un sencillo bordado en hilo azul. Quién sabe qué mujer de mi familia bordaría este tapete. Yo recuerdo verlo, de niña, en casa de mi abuela, cubriendo uno de aquellos elegantes (al menos a mí me lo parecían) pedestales de madera sobre los que se ponían macetas con frondosas plantas que refrescaban las estancias en sombra, los días de verano.
Está primorosa labor actúo como la mano infantil que limpia el vaho de un cristal empañado. Lo desagradable fue desapareciendo. Me olvidé del mosquito, del calor, de la violencia…mis desbordadas emociones quedaron recogidas en el brillante recuerdo provocado por un humilde bordado.