¿Sabías que OpenAI, la empresa detrás de ChatGPT, no siempre fue una empresa al uso?
Nació como una entidad sin ánimo de lucro: una de esas criaturas mitológicas cuya razón de existir no consiste principalmente en acumular dinero como un dragón sentado sobre una montaña de oro, sino en perseguir una utilidad más amplia. Tampoco vamos a fingir que eran una orden de tecnomonjes franciscanos, pero sus intenciones de base estaban bastante más cerca de desarrollar inteligencia artificial para beneficio general que de competir por convertirse en el próximo emperador tecnológico.
¿Os acordáis de cuando Darth Vader todavía era Anakin Skywalker? Era un poco bruto y tenía problemas de gestión emocional, pero aún era rescatable. Pues más o menos eso, pero aquí el emperador Palpatine es Elon Musk. Mientras el mundo sobrevivía a una pandemia y estábamos encerrados en casa (gracias a lo cual nuestro país no colapsó), el joven OpenAI Skywalker sucumbía al lado oscuro en una serie de transformaciones comerciales y económicas.
Fue precisamente en aquellos cercanos años cuando la inteligencia artificial moderna dio el salto que la convirtió en algo más que una curiosidad informática. No porque los ordenadores empezaran a pensar exactamente como nosotros (todavía no se ha inventado una máquina tan sentida y única como el español promedio), sino porque por primera vez fueron capaces de producir resultados que, a nuestros ojos, se parecían muchísimo a los de una mente humana.
Y ahí empezaron los problemas.
Desde entonces, internet (mi vertedero favorito) se ha llenado de fenómenos que habrían parecido ciencia ficción apenas unos años antes: periodistas mediocres utilizando IA para sustituir el trabajo que antes hacían periodistas buenos; redes sociales inundadas de lo que se conoce como AI slop («bazofia IA»): contenido generado, publicado y reciclado automáticamente por máquinas que trabajan sin supervisión humana; y una explosión de bulos, montajes y falsificaciones que ha convertido la verificación básica de la realidad en un deporte de riesgo.
Y ojalá fuera sólo en internet. La misma organización que había nacido con la ambición de democratizar el acceso a la inteligencia artificial terminó firmando contratos multimillonarios con el Departamento de Guerra (nombre tranquilizador donde los haya) de Disparos Unidos para colaborar en aplicaciones militares de la tecnología. Resulta difícil no preguntarse en qué momento Anakin empezó a respirar raro dentro de la armadura.
Antes veías el vídeo de un mono haciendo una voltereta y te maravillabas ante los caprichos de la evolución; ahora ves un conejo saltando en una cama elástica y tu primera reacción no es la ternura, sino la sospecha.
Y eso cambia algo importante.
Porque la cuestión nunca ha sido el conejo, sino que hemos empezado a desconfiar de nuestros propios ojos. Y lo peor es que lo hacemos por higiene y buenos motivos.
La vieja pintada de «Emosido engañado» funcionaba porque todos sabíamos que alguien la había escrito de verdad: era un producto humano, torpe y grandioso en su inmundicia. Hoy, en cambio, cualquier imagen, vídeo o texto pueden haber sido fabricados industrialmente por una máquina para alimentar una cadena infinita de clics que no sólo no aporta valor, sino que consume recursos energéticos y naturales que nos vendrían muy bien en la crisis climática que se nos viene encima. Cuando todo puede ser falso, incluso lo verdadero pierde parte de su fuerza.
Muchos cocineros estropean el caldo, y millones de cocineros automáticos pueden terminar estropeando la conversación pública.
Pero conviene no perder el norte, porque la inteligencia artificial no es mala en sí misma: no puede serlo de la misma forma que tampoco el fuego es malo, pero no por ello le darías un lanzallamas a un niño hiperactivo y cruzarías los dedos. La cuestión nunca ha sido prohibir las herramientas, sino decidir quién las maneja, con qué objetivos y, sobre todo, bajo qué límites.
Como a cualquiera que reflexione un poco, me preocupa menos la tecnología que las personas que toman decisiones sobre ella: no necesitamos luditas que destrocen ordenadores a martillazos ni tampoco profetas que prometan una utopía automática donde todo problema humano será resuelto por un algoritmo. Necesitamos algo mucho menos espectacular y bastante más escaso: criterio y gente que lo aplique.
Hacen falta personas capaces de entender cómo funcionan estas herramientas, pero también para qué sirven: qué riesgos generan y qué consecuencias producen cuando se despliegan a gran escala. Porque, si los humanistas renuncian a participar en esa conversación, otros la tendrán por ellos, y entonces las reglas del juego las escribirán únicamente quienes sepan construir la máquina, no quienes tengan que convivir con ella.
Nunca me cansaré de repetirlo: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y pocas tecnologías han acumulado tanto poder en tan poco tiempo como la inteligencia artificial. Por eso no me preocupa que las máquinas se vuelvan demasiado humanas sino que los humanos deleguemos demasiado de nuestra humanidad en las máquinas.
La IA debería servir a las personas, no al revés.
