Flecha hacia arriba

‘El ruido de los tontos’ por Sergio Ruiz Escarabajal

En nuestro idioma, la palabra bufón sufre una categoría de insulto que yo mismo he llegado a inculparle: es sinónimo de ridículo, cuando ése no siempre era el caso. Velázquez retrató a El bufón el Primo con una atmósfera de dignidad inesperada para un hombre con acondroplasia cuyo trabajo consistía en ser el hazmerreír de la corte, a tiempo completo y título profesional; además, muchos compañeros de gremio del Primo, a lo largo de la historia, eran individuos que gozaban de oficio estable, techo, sustento asegurado, y lo más parecido a la libertad de expresión que otros tiempos podían ofrecer. Muchos bufones llegaban a ser verdaderos consejeros del rey, porque ofrecían juicios sinceros, cosa que casi nadie hacía: además, hace falta ser muy listo para hacerse bien el tonto.

Y, a la inversa, sólo un tonto genuino le hará honor a la tontuna.

Año 1995, Pittsburgh, Estados Unidos. Un hombre llamado McArthur Wheeler entra en un banco y lo atraca a cara descubierta. Horas después asalta otro. Para sorpresa de nadie, lo arrestan esa misma noche. Durante el interrogatorio, los policías se quedan pasmados ante su defensa: «¡Pero si me embadurné la cara con zumo de limón!». El menda había escuchado que el limón servía como tinta invisible, y concluyó que, entonces, si se cubría la cara con el mismo mejunje, la invisibilidad se le extendería contra las cámaras. La noticia era tan real y absurda que dos profesores de psicología social, David Dunning y Justin Kruger, decidieron estudiarlo.

De esa investigación nació lo que hoy llamamos efecto Dunning-Kruger. Organizaron unos experimentos con pruebas que medían distintos aspectos de la inteligencia: además, antes de conocer los resultados, pedían a los participantes que dijeran cuáles creían que iban a ser sus calificaciones. Estos profesores descubrieron que, de manera sistemática, quienes peores resultados acababan obteniendo se habían sobrevalorado, mientras que los que más nota sacaron se infravaloraron durante la autoevaluación a ciegas.

La conclusión era demoledora: cuanto menos sabe alguien, más seguro está de su propio juicio. Y, cuanto más sabe, más cautela tiene. Dicho simple: los tontos se creen listos; y el problema es que «tonto» no es aquél que aprende lento, sino aquél que no quiere aprender porque cree que ya lo sabe todo.

La sabiduría popular castellana ya sabía todo esto antes que la academia estadounidense, y nos bendijo con una palabra estupenda para describir la situación: cuñadismo.

Todos lo hemos experimentado: en cenas familiares, quien menos entiende de economía es quien explica con más seguridad cómo arreglar el país; en el bar, el que nunca leyó un libro de historia reparte cátedra sobre geopolítica; y, lo más inquietante, en la vida pública, perfiles así escalan hasta llegar a micrófonos, tertulias, e incluso presidencias. No porque sus ideas tengan valor, sino porque su desparpajo (esa confianza sin fundamento) entretiene y divierte.

Ahí está la trampa. Como se atribuye a Voltaire, gran pensador de la Ilustración Francesa y padre de la tolerancia religiosa, «el público lo perdona todo, salvo que lo aburran». Y el cuñadismo, en su ignorancia valiente, rara vez aburre; al contrario, genera titulares y se vuelve viral. Es el entretenimiento más autofágico de la historia, porque damos voz a quienes gritan sin razón, hacemos callar a los que explican con pruebas, y llegará un punto en el que nadie diga nada coherente y dejemos todos de divertirnos.

El precio es alto. El ciudadano informado, pero inseguro, acaba arrastrado al barro cenagoso de quien confunde volumen con verdad. El ruido sustituye a la razón y la sociedad, poco a poco, se acomoda a que gane la voz más alta, no la más lúcida.

Mas, por fortuna, el cuñadismo no es incurable, sino sólo otro de los males sociales para los que ya tenemos diagnóstico, y con el diagnóstico remedio. Y esa es la buena noticia: entender lo que nos aflige no es un castigo, sino la primera alegría del tratamiento. Porque lo que se conoce se corrige; y lo que se corrige se supera.

Mi panoplia de consejos incluye éste: cuando topes con alguien que sí sabe, guárdalo como oro en paño y haz que quiera saber más; luego, aprendamos todos de él.

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