Lo diré alto y claro, así el avispado sabe de dónde parto y el necio sigue leyendo por rabia: no quiero trabajar. Nadie quiere. De hecho, tú tampoco quieres. ¿Que tú sí eres feliz en el trabajo? No lo niego, pero lo mantengo: ni tú ni yo queremos trabajar; y eso que yo también soy feliz en el mío.
No son ideas opuestas: igual que nos gusta mucho la magra con tomate pero no la comemos todos los días, por mucho que disfrutes tu profesión, vas a querer variar. Por no hablar de las fricciones diarias que todo aquel que trabaja honradamente se come con patatas.
Cuando decimos que no queremos trabajar, no estamos diciendo «me niego a hacer nada», sino «las condiciones materiales y sociales del mundo laboral al que me veo arrojado son frustrantes». En el fondo, todos queremos (y debemos) trabajar; lo que pasa es que queremos trabajar para vivir, no vivir para trabajar.
Hay dos ideas que ayudan a entender el problema: el principio de Peter y la agilidad laboral de las generaciones jóvenes.
El principio de Peter dice que uno asciende hasta el límite de su incompetencia. Si soy buen trabajador en un puesto, me ascienden; pero ese nuevo puesto puede quedarme grande. Resultado: donde antes había un buen trabajador, ahora hay un mal jefe. Y, como las jerarquías tienden a perpetuarse, el problema no sólo no se corrige, sino que se acumula. Muy pocas estructuras escapan a esta lógica: cuanto más tiempo llevan en pie, más probable es que acumulen capas de incompetencia difíciles de desmontar.
Luego está lo que hace que parezca que los jóvenes no queremos trabajar: el mundo está lleno de jerarquías, y llegamos tarde a todas. Se nos dice «búscate la vida» en un entorno donde eso implica aguantar procedimientos y personas que no sólo no aportan, sino que estorban. El talento joven no se desperdicia por falta de intención, sino por falta de mecanismos: ya sea por malicia o por inercia, quienes están arriba no sueltan el sitio, y quienes están abajo no encuentran por dónde subir.
Así se genera la sensación de que no hay recompensa proporcional al esfuerzo. No porque no exista el mérito, sino porque no siempre encuentra dónde aplicarse.
De ahí surge parte del discurso «antiwork» (en inglés, antitrabajo). El rechazo no es al trabajo, sino a ciertas condiciones. Nadie está en contra de esforzarse; lo que se rechaza es ser exprimido hasta el límite para luego ser sustituido sin más. Algunos dicen que las condiciones han mejorado tanto desde la época de los esclavos que ahora tenemos descanso para comer.
Ergo, conviene dejar de engañarse.
El problema no es que no queramos trabajar. Tampoco que el trabajo haya perdido valor, ni que las nuevas generaciones sean más frágiles. Todo eso son explicaciones cómodas para no mirar donde duele. El problema es que hemos construido estructuras donde quienes llegan arriba no tienen incentivos para bajarse nunca, aunque ya no sirvan para lo que ocupan.
No es sólo falta de voluntad: es falta de relevo.
Cuando el poder deja de ser una responsabilidad y pasa a ser un sitio al que aferrarse, se convierte en un obstáculo. Entonces ocurre lo inevitable: generaciones preparadas esperando su turno, talento que no se desarrolla, sistemas que se vuelven torpes porque quienes los sostienen ya no tienen ni el hambre ni la flexibilidad necesarias.
No es una cuestión de edad, aunque a veces lo parezca; es una cuestión de desgaste. Hay jóvenes inútiles y mayores brillantes. El problema no son las personas: es el mecanismo que dificulta la renovación. Y ese fallo tiene una consecuencia clara: convierte el trabajo en una obligación cada vez más vacía. No porque no merezca la pena, sino porque el resultado depende cada vez menos de quien lo hace, y más de quién lleva demasiado tiempo arriba.
Gran pena es que sólo quien tiene padrino se bautiza.
Por eso «no queremos» trabajar. O, mejor dicho, por eso no queremos trabajar así.
Queremos trabajar en algo que tenga sentido, donde el mérito no sea anecdótico, donde el esfuerzo no sirva sólo para sostener estructuras que ya no funcionan, y donde exista la posibilidad real de mejorar lo que hay.
Porque, si trabajar consiste en sostener lo que otros no quieren soltar, entonces no es extraño que cada vez más gente mire al sistema y piense que el problema no está abajo: está arriba, y lleva demasiado tiempo ahí.
Renovar no significa ejecutar a los de arriba. Nadie quiere eso. Pero seguir como hasta ahora sí sentencia a los de abajo.