Lo que está ocurriendo en Torre Pacheco no es nuevo, pero sí cada vez más evidente: una espiral de odio racial normalizada que usa cualquier excusa para justificarse, incluso se vale de los peores y más condenables actos (como es la agresión a una persona mayor) para propagar más violencia.
Hace apenas unos días, un hombre mayor fue agredido físicamente, acto inadmisible y completamente condenable, pero no por nosotros sino por los jueces.
Sin esperar confirmación ni contexto, comenzaron a circular vídeos y discursos que atribuían el ataque a jóvenes de origen magrebí, incluyendo fotos y nombres que ahora sabemos ni siquiera correspondían a algunos agresores, pero eso a quienes quieren lanzar gasolina al incendio no les importa. La respuesta fue perturbadora: disturbios, «cacerías» contra inmigrantes (ojo no contra los agresores), amenazas, y políticos alimentando la hoguera.
Y mientras tanto, el silencio.
Hace solo unos meses, en septiembre de 2024, un hombre fue detenido por agresión sexual, abuso y acoso al menos a cinco mujeres migrantes trabajadoras del campo. Mujeres que estaban en situación irregular (tanto que se supone que molesta la inmigración ilegal y luego es quien trabaja el campo), sin redes y con barreras idiomáticas. Se aprovechó de ellas, las amenazó con el despido si no cedían a sus demandas. Este caso sí se confirmó. Este caso sí se denunció. Pero nadie salió a la calle.
¿La diferencia? En un caso, las víctimas eran mujeres migrantes, pobres, invisibles. En el otro, el presunto agresor tenía un perfil racial. Lo que escandaliza a muchos no es la violencia en sí, sino quién la ejerce, porque este mismo hombre agredido ha declarado públicamente que quiere justicia, no apaleamientos ni venganza.
Lo más inquietante es que muchos que hoy exigen «justicia» y defienden a quienes vienen de otros municipios machete en mano, lo hacen solo cuando su rabia puede apuntar hacia “el otro”.
Una paradoja muy interesante es, por ejemplo, el hecho de que la mayoría de los delitos violentos —especialmente los sexuales— los cometen hombres. Según datos del Ministerio del Interior, más del 80 % de los delitos graves en España son cometidos por varones. Y aun así, nunca se ha dicho que todos los hombres son delincuentes, ni las mujeres han salido a hacer «cacerías» de hombres por las noches.
Entonces, ¿por qué sí se generaliza con la población migrante? Tal vez sea por la clásica trampa mediática de «Alguien tiene la culpa». Uno de los mayores ejemplos es el de la Alemania nazi, donde los políticos se dedicaron a culpar sistemáticamente a un grupo étnico de todos los mares del país. No sé si es lógico pero desde luego es muy fácil, y es un sistema que se sigue repitiendo a día de hoy como estamos viendo en nuestra propia Región.
Si te indigna más el color de piel del agresor que el hecho de la agresión, no estás defendiendo tus derechos como ciudadano, estás reproduciendo un sistema de opresión que mañana también te va a aplastar.
Hoy en Torre Pacheco, mañana en cualquier otra ciudad. Lo que nos debería unir es la lucha contra la violencia, no el odio racial. La verdadera seguridad no viene de excluir, sino de construir espacios donde todos los colectivos están integrados y se oponen en su conjunto a la violencia