El escritor mexicano Juan Rulfo dejó para la posteridad la frase «La literatura es una mentira que dice la verdad», y se equivocaba con acierto absoluto. Porque no toda la literatura es ficción, pero la ficción, por definición, es una invención que comparte las certezas de su autor; además, escribir una buena historia es tan difícil porque es, al fin y al cabo, una mentira. Y ya se sabe: se pilla antes a un mentiroso que a un cojo.
Ocurre igual en política: el buen relato no se construye con exageración ni maquillaje, sino con la sencillez de la verdad. Y, sin embargo, demasiadas veces un lateral desnortado favorece la mentira como herramienta en lugar de como arte. Farsa cual propaganda, no como literatura, porque prefiere construir humo en vez de afrontar la responsabilidad. Ciertos sectores del espectro político, diestros pero no hábiles, ponen en peligro la salud social que nos da la democracia, y lo hacen sin rendir cuentas.
A los años de vallas feriales y la zahorra incompleta me remito; y no me hace falta insistir, porque todos lo vivimos.
La navaja de Ockham debería bastar para cortar tal teatro de cartón. Este principio filosófico es simple: la explicación más sencilla, la que requiere menos supuestos, suele ser la correcta. Y, sin embargo, discursos políticos enteros no sobreviven al escrutinio más básico. Si el sentido común me demuestra que te equivocas, entonces votarte no es de sentido común.
Pero es que este problema no es nuevo: ya en la Antigua Grecia existían los sofistas, falsos intelectuales que envolvían falacias en palabras bonitas, argumentos en cartón pluma que hacían bonito pero no estructura. Sirven para impresionar mientras duran, y para retirarlos discretamente cuando dejan de convenir. Cuán curioso que, más de dos mil años después, los payasos trágicos de cuyos embustes somos víctimas repitan la misma estrategia: palabras huecas, fáciles de negar, imposibles de sostener. Si dedicaran a pensar de verdad la mitad del tiempo que invierten en perfeccionar sus trampas, humanidad sería ya sinónimo de prosperidad.
Si puedo parafrasear a Fernando Camino, autor del libro Äxeraide, el guardián de los secretos, dueño del canal de divulgación MadeUpOfStardust, y figurante entre mis mejores referentes intelectuales: Si yo defiendo una postura, es porque he meditado mucho sobre ella; y, el día que alguien me la desmonte, chapó por él, me la desmontó. He ahí la verdadera prueba de la verdad: intentar hundirla, y comprobar que se mantiene a flote. Las patrañas, en cambio, naufragan solas: necesitan que quien las inventó las sostenga con esfuerzo continuo, porque la realidad no las respalda.
Cuando dices la verdad, el mundo conspira para demostrártela. Cada investigación, cada comprobación y cada debate honesto construyen, viga a viga, un faro que ilumina tu acierto. Pero cuando mientes estás solo: eres tú contra todo lo real. La mentira es una maratón cuesta arriba que sólo los necios insisten en correr. Los pocos que lo hacen bien, y además con arte, se llaman escritores. Los demás, propagandistas que con suerte cumplen como sucedáneos de políticos.
Y, en lo personal, es por eso que yo no miento. Porque ser un embustero acaba siendo más exigente que ser noble y leal, y yo soy seguidor fiel de la máxima que dice que hay que darle al más holgazán el trabajo más difícil, porque sabrá encontrar el modo más fácil de hacerlo. Por eso elijo la verdad: porque es el camino más sencillo, el que sobrevive sin que yo tenga que sostenerlo con artificios. La tarea entre manos es vivir mejor, y he aquí mi propuesta para ello.
Así que sí: muy bien todo, pero mientras no cueste más trabajo. Y, si vamos a darnos una gran tarea, que nuestras ficciones contengan la verdad más sincera.