Las frases cortas son buenas. Son fáciles de entender. También son fáciles de hacer. Eso ayuda a que no haya malentendidos. Pero también son simples. A veces más de lo que deberían. Están bien porque transmiten claridad. Pero también me hacen parecer un telegrama. No es ideal.
Las frases largas, prolongadas, tal vez incluso redundantes en su justa medida, comparten tal calificación de «buenas»: permiten el desenrosque léxico de quien compone con pompa y circunstancia un vals en forma de vocabulario, del que hace su bandera. Sin embargo, el dominio de los quiebres oracionales sin que éstos degeneren en anacolutos, error del habla consistente en la interrupción súbita de una estructura sintáctica inacabada para justo después comenzar otra (una suerte de non sequitur), requiere una práctica casi inabarcable, y una cierta paciencia, escasa en nuestros tiempos, para desentramar a qué lado de cada coma, de las que, sinceramente, en ocasiones se abusa sin mesura, queda la sección principal de la oración, y dónde la auxiliar; esto tampoco es ideal.
Lo más parecido a «perfecto» que existe en esta vida se corresponde con aquello a lo que no le sobra ni le falta nada. En la sintaxis, como en tantas otras cosas, el término medio suele atraer virtud: hay que saber cuándo la frase larga es preferible, pero no hay que andarse por las ramas; del mismo modo, el mensaje corto y directo se lleva la palma a la velocidad, pero es preciso leer la habitación y saber a quién tenemos delante, no sea que nuestro vocabulario le parezca pobre porque esperaba de nosotros una vidilla que no le hemos brindado.
Es en esta nota que emerge la tesis de hoy: el valor real (y práctico) de la sintaxis. No estoy hablando de saberse los palabros «complemento directo» y «dativo ético», que también, porque todo lo que no tiene nombre es algo que cuesta el doble entender y recordar; estoy hablando de ese ojo analítico que detecta con precisión quirúrgica donde acaba una frase y empieza otra, o qué adjetivo engancha con qué sustantivo en medio de una marea de subordinadas. Y es que nunca un mar en calma hizo experto a un marinero, luego difícil es escribir y hablar bien si no se arroja uno a los lobos. Pero ¿para qué queremos arrojarnos a los lobos?
Para convencer.
Nuestro cerebro de mono ha sido cincelado por cientos de miles de años de evolución inquebrantable para buscar patrones, y en el lenguaje el patrón ganador tiene tres partes: planteamiento, nudo y desenlace. Tal cual: una estructura narrativa para gobernarlos a todos.
Quien es capaz de organizar sus pensamientos en palabras como quien se ata los cordones proyecta de sí la imagen de tener madera de líder y, quizá lo más importante, de dominar la materia. Da igual que tu objetivo sea ser político, gerente, almirante, o simplemente aprobar un examen: si quieres que tu reputación te adelante la mitad del trabajo por ti y todos te vean con buenos ojos (lo que te pondrá las cosas fáciles), mi recomendación es que enarboles una sintaxis exquisita.
No es casualidad que todos aquí sepamos leer y escribir, pero sólo unos pocos sean escritores de renombre.
¿Lo bueno? Que todo esto se puede entrenar: un curl de libro por autor, tantas repeticiones como páginas tenga.