Yo entré en aquel bendito colegio de forma fraudulenta, con mentiras, y lo explico.
Mi infancia era la de un niño lleno de alergias que me provocaban un asma muy frecuente y pertinaz, y después de decenas de visitas y tratamientos, un médico «de pago» (D. Félix López Hueso) dictaminó que mi única posible cura estaba en irme a vivir fuera de casa, lejos, a otro sitio.
Una de las condiciones para entrar en la Escuela Hogar era vivir a más de 6 u 8 km de un colegio (no recuerdo el número exacto) y yo vivía a unos escasos 100 metros del recién abierto colegio nuevo de mi pueblo, La Hoya de Lorca.
Un cura amigo de mi familia consiguió el certificado pertinente para que yo pudiera ir allí, por supuesto, falso.
Y entré.
Y prácticamente desapareció la enfermedad (apenas quedaron pequeños conatos esporádicos y descafeinados), gracias a los tres años que estuve allí.
En mi último año, al volver de las vacaciones de Navidad (curso 75-76), D. Félix me llamó al despacho en el recreo de no recuerdo qué día y, de pie frente a su mesa, me espetó:
– ¿Es verdad que tú no deberías estar aquí, porque vives pegado a una escuela?
Recuerdo perfectamente que no dije nada y que empecé a llorar…, sin más, ¡a llorar!.
¡Me iban a echar!
¡Me tendría que ir de allí, «de mi familia»!
(Era lo único que me vino a la mente).
D. Félix se levantó, dio la vuelta a la mesa, me cogió por los hombros y me dijo:
– Tranquilo. Tú vas a acabar aquí octavo con todos, no llores que eso te lo prometo yo a ti. Solo he querido saber la verdad de este asunto.
Le conté todo.
Y aún recuerdo su cara, aquella cara de paz que tenía aquel hombre mientras me escuchó.
Y como me prometió, nunca más nadie me sacó este tema y yo acabé allí octavo.
Que le sirva de homenaje a él y a D. Pedro, grandes personas que hicieron mejor el mundo para mí.
Pdta.
Hace bastante tiempo me encontré con el sacerdote por Lorca, ya muy mayor (murió hace unos años), y se acordaba perfectamente de mí y de todo aquel hecho.
Le dije que le debía la gran calidad de vida que he tenido y con su sonrisa cómplice de siempre me dijo que «estaba seguro que Dios perdonaba las mentirijillas para hacer el bien».