El búho verde le ha hecho daño a las aulas como pocos han conseguido.
Duolingo no sólo ha canibalizado el almacenamiento del móvil, sino también, y éste es su mayor pecado, nuestra cognición.
La enseñanza ha mejorado mucho, y cada curso se refinan más métodos y estrategias; por lo general, eso es bueno, y quien opine lo contrario que vuelva a esos colegios de monjas que te daban varazos en los dedos. Pero, como no podemos tener nada bonito que requiera autocontrol, el rollo chachiguay de aprender jugando ha cogido más fuerza de la que merece. Dentro de poco termino mi año enseñando inglés al puñado de niños que mi voluntariado me deja atender, y los progresos percibidos, aunque malos no son, admiten margen de mejora precisamente por eso.
Egoístamente, lo mío aquí es un chollo: siempre están los maestros presentes, trabajo poco y fácil, y mientras cumpla con el temario disfruto cierta libertad de cátedra. Lo poco que sé de Inteligencia Artificial me ha servido para crear minijuegos educativos completamente personalizados: quizzes adaptativos, juegos de memoria modulables y concursos tipo «Quién quiere ser millonario» sobre gramática y cultura. El problema es que no sólo de pan vive el hombre: precisamente porque trabajo poco y fácil, ni paso suficiente tiempo con los críos para hacer un seguimiento serio, ni tengo la autoridad necesaria para establecer una profundidad pedagógica que, más pronto que tarde, se vuelve indispensable.
En resumidas cuentas: aprender divirtiéndose está muy bien, pero o lo acompañas con una dosis mínima de aprendizaje tradicional, o terminas con niños que no saben abrir un libro y acabarán siendo adultos cuyo mundo interior cabe en un Excel. Individuos futuribles de los que hacen que pienses «las luces están encendidas, pero no hay nadie en casa».
Ojo, que esto no nace sólo de mis impresiones. Se hizo famoso el caso de una maestra francesa que rechazó las innovaciones pedagógicas chapuceras que le imponían desde el Ministerio de Educación e impartió clase con su método de toda la vida: la mujer recibió su correspondiente sanción, pero sus alumnos obtenían sistemáticamente las mejores calificaciones de las pruebas de nivel nacionales. Como que algo no cuadra, ¿no?
Ahora bien: la moraleja aquí no es volver a la tradición tal cual, sino recuperar lo que sí hacía bien con la naturalidad que tenemos ahora.
Es verdad que no sirve de mucho empollar manuales indescifrables o improntarse la lista de reyes visigodos. Tampoco vamos a fingir lo que no es. Pero no exigir un mínimo de memoria, repetición o capacidad de estudio «a las bravas», aunque sólo sea para situaciones puntuales, ya no es que condene a los niños a depender de las mismas máquinas que les funden el cerebro para todo: es que va a provocar una pobreza intelectual tan seria que ni las máquinas van a saber usar.
Mentira es que la letra con sangre entra, pero tal y como va la cosa tampoco está entrando. Cada índice sobre el nivel educativo parece peor que el anterior, y tampoco ayuda que un chiquillo perfectamente capaz de aprobar vea que puede pasar de curso con tantas suspensas como no le apetezca estudiarse.
Porque la capacidad la tienen prácticamente todos, igual que la tuvieron los de antes; por donde pasa un burro pasan dos. De hecho, esta permisividad absoluta es la que realmente les dice: «No te preocupes, como eres incapaz, te dejamos pasar sin demostrar nada». Igual soy yo que soy muy agorero, pero no veo cómo ayuda servirle a alguien el fracaso en bandeja de plata.
Y si alguien de verdad no puede, o simplemente no quiere, tampoco es el fin del mundo: estudiar hasta los veinticinco es sólo una de las muchísimas formas que existen de vivir. Hay alternativas, formaciones profesionales y rodeos que llevan exactamente al mismo sitio, o incluso a uno mejor.
Lo que no puede ser es perdonar el simulacro de vida real o edulcorarlo hasta arrebatarle toda utilidad. Si tienes la capacidad para resolver problemas en un entorno controlado, pero te meten en la cabeza que no vales ni para eso, ¿cómo vas a enfrentarte a los de la vida misma?
Porque, o aseguramos una educación de calidad, o las empresas pasarán penurias para encontrar candidatos competentes, los buenos gobiernos serán una anomalía estadística, y de poco servirá cualquier tecnología si sólo sabe entenderla ChatGPT.
Y la educación de calidad, ahora mismo, empieza por rectificar que facilitar el aprendizaje no es eliminar el esfuerzo.
