En la casa de mi madre cabía todo el mundo. Cuando los hijos éramos pequeños nuestros amigos siempre eran bienvenidos y acogidos como alguien más de la familia. Lo mismo pasó cuando fuimos eligiendo parejas y acercándolas al hogar, todos fueron incluidos, sin reservas, en el grupo familiar.
Pero si algo hacia feliz a mi madre era vernos a todos alrededor de una mesa, comiendo, hablando, riendo…, su cara de satisfacción y sus palabras “qué hermosura de mesa” lo decían todo.
Cuando llegaron los nietos su actitud cambió… para mejor. La casa de la abuela era la casa de todos y si los hijos pasábamos por algún mal momento (de tantos que da la vida) los hijos de los hijos sabían que había un lugar donde siempre estarían al margen de contratiempos, la casa de la abuela.
Como pasa casi siempre, mi madre, que fue una madre bastante severa, con los nietos se volvía de algodón de azúcar. Se reía con ellos, jugaba y les gastaba bromas; también acogía a los amigos de los nietos y mas de un bocadillo repartió cuando llegaban a la hora de la merienda.
Los nietos crecieron y, aunque cada uno ya iba haciendo su vida, casi todas las semanas había comida en casa de la abuela.
Llegó un momento en que la familia había crecido tanto que el comedor se quedó chico para acoger a tanta gente que se iba sumando. Así que se decidió adecentar el almacén de la terraza en cuyas paredes se escribió “EL ALMACEN DE LA ABUELA” ese espacio se vistió con muebles, adornos y enseres llenos de recuerdos que resumían una historia familiar.
A partir de entonces ahí se celebraron Navidades, fiestas temáticas, y cualquier cosa que sirviese como excusa para juntarnos y compartir, bajo la mirada sonriente de la abuela.
Días que empezaban temprano y se alargaban hasta la noche, con sobremesas interminables llenas de risas, juegos y conversaciones en las que nos manteníamos al día de cómo le iba la vida a cada uno.
La pandemia cortó de un modo brusco esta forma de relacionarnos, pero, en cuanto pasó el peligro, se fijó una fecha para volver a vernos y así lo hicimos. Se arregló la estancia, se busco leña para el horno y volvimos a unirnos para hacer la comida y luego degustarla. Aquí llegaron los que vivían lejos, los que vivían la experiencia por primera vez, los bisnietos…el mismo día de la comida, la familia estaba creciendo y una nueva vida vino al mundo.
Aquí mi madre ya asistió desde otro lugar. Se mantuvo tranquila en su mecedora de la salita y no comprendía el trajín que había en la casa.
El pasado 22 de abril, todos los nietos acudieron a la ultima llamada de la abuela. Ni uno faltó. Todos hicieron un hueco en sus vidas para despedir a quien siempre los recibió con los brazos abiertos.
Al día siguiente volvieron a reunirse alrededor de una mesa para celebrar la vida y recordar a quien fue una gran abuela.
