Flecha hacia arriba

‘Ecuaciones que conquistan’ por Sergio Ruiz Escarabajal

En Civilization, esa saga de videojuegos donde uno puede fundar una nación y llevarla desde la Edad de Piedra hasta el exoplaneta más cercano, existen varias formas de ganar: dominación militar, conversión religiosa, hegemonía económica… o supremacía científica. Esta última suele parecer la más silenciosa, pero es la más inevitable: no levanta monumentos ni pinta murales, pero, cuando el cohete despega hacia Alfa Centauri, no hay ejército que lo detenga. Quien gana con ciencia, gana sin disparar.

Pues bien, la realidad no es tan distinta. Si Estados Unidos se ha erigido como el mayor imperio blando de los siglos recientes, no ha sido sólo por su músculo financiero ni por su diplomacia de bisturí; ha sido porque colonizó el futuro: invirtió en ciencia, patentes y tecnología punta, y luego nos la vendió de vuelta con sobreprecio y condiciones de uso.

Ya lo dijo John Adams, presidente de aquel país entre 1796 y 1800, con esa lucidez preindustrial que demuestra que los antiguos sabían cosas que nosotros hemos olvidado: «Hay dos formas de conquistar y esclavizar una nación. Una es la espada. Otra es la deuda». Y un siglo más tarde se imbricó a éstas una tercera vía: la dependencia tecnológica.

La tecnología ya no es herramienta: es entorno. Y quien controla el entorno, controla la realidad percibida. Los magnates tecnológicos (los que se peinan con drones y desayunan en capital riesgo) no han creado plataformas: han construido jaulas de oro con algoritmos que refuerzan nuestras creencias y esterilizan nuestro criterio. Nos masajean las ideas para que pensemos que hacer el mínimo ejercicio equivale a un esguince, y pueden permitirse tal desfachatez porque compraron la geoestrategia al por mayor. Plañimos un entierro en el que sólo ellos tienen vela. Y encima nos vendieron el ataúd.

En la era de la información, no saber ya no es accidente: es elección. Los datos están ahí, a un clic, a una pregunta, a un vídeo con subtítulos. Lo que no está es la voluntad, el esfuerzo: el mínimo de autocrítica que se espera de quien presume de tener opinión sobre todo.

Tan descarado es el asunto, que incluso los asistentes virtuales se dan cuenta. Elon Musk y su equipo, tan aficionados a implantar inteligencias artificiales no solicitadas como si fueran extensiones de su ego, se ven obligados a rebalancear regularmente los sesgos de Grok, el chatbot de Twitter (que, por cierto, siempre se llamó así). ¿La razón? Que la IA tiende peligrosamente al equilibrio, y, por tanto, a respuestas razonables. En un entorno donde el sentido común aniquila su discurso político, eso no puede permitirse.

Otra prueba, pues, de que la inteligencia artificial no es amenaza: es espejo, uno muy caro. Y, como todos los espejos, sólo refleja lo que hay. Si eres un incompetente, la IA sólo te hará parecer uno con herramientas de lujo. Pero, si eres brillante, se convierte en una prótesis del genio: el artefacto que permite ir más lejos, más rápido, con más impacto.

Lo trágico es que seguimos sin libertad tecnológica. Dependemos de cinco millonetis en una sala con aire acondicionado de grado militar. Los caballos que tiran del carro del mundo no siempre son los que uno esperaría, pero lo que es seguro es que el carro no avanza si no se le da cuerda con conocimiento.

La ciencia no es neutra. Nunca lo ha sido. Pero es el único método que tenemos para crear verdades útiles, reproducibles y, lo más importante, nuestras. No hay emancipación sin método científico; no hay soberanía sin innovación; y, desde luego, no hay libertad si nuestras mejores herramientas están alquiladas por horas a cambio de nuestra atención.

El mundo no lo mueven los que gritan más, sino los que entienden cómo funciona un motor, una célula madre o un satélite geoestacionario. Y, en ese tablero, los que juegan a ganar no conquistan con espadas: lo hacen con ecuaciones.

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