El otro día volví a jugar a Pokémon, pasatiempo que no retomaba en serio más o menos desde Bachillerato. Cogí mi consola Nintendo DS totalmente oficial, de ésas que ya no fabrican y que la empresa se niega en rotundo a venderte; mi cartucho original, de ésos que los revendedores ofrecen al triple de su precio de tienda porque ya están descatalogados; y jugué, sin pagar más de lo que ya pagué en su día de niño, a uno de esos juegos que la empresa multimillonaria, en un osado alarde de prácticas anticonsumidor, intenta ahora volver a vender pero en digital, sin modificar ni añadir ningún extra, a precio de nuevo lanzamiento pese a que de aquí a poco van a cumplir la edad con la que los coches pasan a ser clásicos y dejan de pagar sello.
Non sequitur, los tribunales europeos consideran consistentemente que la emulación, en virtud de su naturaleza por preservación del videojuego como medio artístico, y como práctica informática desinteresada, son perfectamente conformes a derecho; fallos judiciales que para nada están relacionados con mis jueguitos del Nintendo.
Volviendo al tema (el artículo sobre los derechos del consumidor todavía lo tengo pendiente), el caso es que ya no emprendo el juego como cuando era crío, que me pasaba las tardes con mi primo vagueando en casa de la abuela (quién lograra eso de adulto…); ahora estoy influido, para lo bueno y para lo malo, por algo tan poco común durante los periodos de elecciones democráticas como es el pensamiento racional. Donde antes iba por ahí con la rata amarilla mandándole rayos a diestro y siniestro, incluso a Pokémon que claramente tenían en su fisionomía una toma de tierra, ahora juego prestando atención a las matemáticas de detrás de la pantalla, y con normas autoimpuestas para que ese juego diseñado para niños presente una gama razonable de desafíos estratégicos. Es un poco como si el campeón pedáneo de petanca se retara a sí mismo a lanzar con la mano mala la mitad de las veces; pero con Pokémon.
Y, oye, no veas qué refrescante.
Como tantos otros productos comerciales de nuestro tiempo, los jueguitos de marcianitos se están volviendo cada vez más automáticos; el objetivo ya no es tanto que te lo pases bien y ya, y que vuelvas como consecuencia, sino asegurar, con precisión psicológica, que al usuario le va a venir todo servido en bandeja, no vaya a ser que tengas que activar dos neuronas seguidas y del cansancio no vuelvas a gastar más dinero. Tenemos las entendederas tan fritas por las pantallas malas, que al mínimo signo de derrota apagamos y reabrimos los camellos de dopamina sintética (Instagram, Facebook, Tik Tok, Twitter… son los mayores narcos de opioides de la historia); así que, en caso de duda, nos aseguramos de que el jugador gane todo el rato, siempre, y así de paso mutilamos su capacidad de pensamiento crítico.
Como se nota, no me hace gracia, y procuro evitar esta situación activamente.
Hay registros históricos desde antes de Cristo sobre personas mayores culpando a los jóvenes, criticando conductas que no sólo no son dañinas, sino que ellos mismos hicieron en su juventud; en cambio, desde la antigua Babilonia hasta la invención de la televisión, no nos parece generalizada la idea de que la humanidad fuera ignorante (siempre han existido grandes maestros de antaño). Asimismo, la caja tonta (según cómo se use, más bien caja que atonta) no hizo más que lo que cumplía: ser un vehículo más para la información, de modo que hizo más inteligentes a quienes ya eran espabilados, y agravó la ignorancia de quienes ya tenían un pie en ella; los documentales siempre estuvieron ahí, eres tú el que decide ponerse un programa del corazón en vez de La 2.
Todo esto es para recordar algo bastante más incómodo que cualquier debate sobre pantallas o videojuegos: que, incluso en un entorno diseñado para idiotizarnos lo justo como para seguir consumiendo, aún tenemos margen de maniobra. Poquito, lo sé, pero el suficiente; ya dijo Sartre, un francés que las facultades de filosofía se empeñan en revisitar, que el ser humano está condenado a ser libre.
Lo importante aquí no es Pokémon, Instagram, ni si la cultura disfrutada es alta o baja: lo que cuenta es si decidimos participar activamente en lo que consumimos, o nos limitamos a dejarnos llevar por la corriente más optimizada para no exigirnos nada. Y esta decisión, por desgracia para ellas, no la toma ninguna empresa multimillonaria.
Ésa la tomamos tú y yo, con todo lo que implica.
