Por Judith López, Primer premio del Concurso Literario por el 8 M del Ayuntamiento de Alhama
Mi abuela se llamaba Dolores y cada día preparaba el desayuno para toda la familia. Mientras el resto dormía, ella lo preparaba todo para el día que comenzaba. Como le enseñó su madre. Ordenaba la casa sola, casi a tientas para no perturbar el sueño de nadie. Y a las 7:15, puntualmente, despertaba a la familia con todo el amor de una ama de casa entregada a su causa: los demás.
No estudió, y nunca trabajo. Fuera de casa, quiero decir. Ni ella ni las de su época ganaban un jornal. Quizás aguantar todo aquello no era amor, sino necesidad. Aunque ella siempre sonreía y dedicaba palabras medidas al milímetro para cada miembro de la familia: Aquí tienes el almuerzo, te he dejado las llaves junto a la puerta, hoy tienes una reunión importante, que tengáis un excelente día, os quier...y con la última palabra todos se habían marchado. Sin compartir una sola palabra, más allá de dónde está esto, quiero aquello, necesito eso urgente.
La comida, los remiendos, los animales, la casa…y así se sucedían los días. Uno tras otro, sin cambios. Mi abuela fue feliz: tenía una familia, una casa, recursos económicos, y… bueno, su marido no le pegaba.
Mi abuela tuvo una hija, la niña. Soledad. Y no quiso su destino para ella. Entonces, ¿fue feliz? La hija de mi abuela, mi madre, soñó con no ser como mi abuela.
Mi madre estudió y salió a trabajar fuera de casa. Y encontró a un hombre bueno que la amaba. Pero…Ella es la que sabe del nombre el pediatra del niño, y se levanta por las noches cuando tiene pesadillas, prepara las fiestas de cumpleaños y cocina la comida cada día.
El hombre que se casó con mi madre, mi padre, ayuda a mi madre en casa. A veces. Pone la mesa y la quita. A veces. Echa su ropa sucia a lavar. A veces. Cambia una bombilla. A veces. Y también sale a hacer ejercicio, queda con sus amigos, invita a la familia a casa y mira la tele.
Siempre, sin falta, cada día.
Mi madre, la mujer de mi padre e hija de mi abuela, hace ejercicio. A veces. Queda con sus amigas. Pocas veces. Lee un libro. Casi nunca. Juega conmigo, me duerme, me baña, me da la comida. Siempre.
Mi madre fue feliz, pero no quiso su destino para mí.
Yo, la hija de la hija de mi abuela -Esperanza, me llamaron- , no quiero ser como mi madre, ni como mi abuela, ni como mi vecina, ni como la hija de la tienda, ni como ninguna mujer del siglo pasado. ¡Joder, ni como algunas de este siglo!
Estudié una carrera y pronto encontré trabajo “de lo mío”. Y conocí a algunos chicos, y fui mi abuela y fui mi madre. Aunque supe verlo antes de que fuese tarde. Pero también le encontré a él. Y ahora escribo estas líneas sin prisa, con la calma de saber que escogí un compañero, no un hijo, no un padre. Elegí un igual.
Y me levanto con prisa, pero el desayuno ya está listo. Y me olvido tender la lavadora, pero al volver a casa le encuentro tendiendo. Y preparo la comida y él friega. Y leo, hago ejercicio, y quedo con mis amigas. Y me pregunta cómo estoy, qué necesito.
Y me dice te quiero. Siempre.
Y no tengo miedo. Nunca.
Soy feliz y no temo que la vida de mi hija se parezca a la mía.