Política y charlatanería, aunque hoy nos cueste creerlo, no son sinónimos. Lo bueno de ser animales sociales (zoón politikón, que decían en la Grecia antigua) es que somos capaces de tomar decisiones colectivas en grupos que ya no pueden funcionar sólo por parentesco inmediato. Lo malo es que, a menudo, nos dan gato por liebre, y eso acaba embarrando la imagen de quienes sí cazaron la liebre con la mejor de las intenciones.
Desde un punto de vista antropológico, el origen de la política suele situarse incluso antes del Homo sapiens, cuando las bandas de homínidos cazadores-recolectores tuvieron que gestionar alianzas, jerarquías y demás consecuencias del roce, que dicen que hace el cariño. Para mí, sin embargo, el origen de la política que importa (la que aporta) es otro: el día en que alguien descubrió que cierta planta o cierta seta era venenosa y reunió al resto de la tribu alrededor del fuego para avisar de que ya no debía recolectarse. Se tomó una decisión que afectaba a todos no para estorbar, sino para informar y prevenir. Exactamente como deberían hacer las personas adultas.
Es una pena que no todos los que hacen política aporten, porque lo que se les paga sí importa. Nadie debería escandalizarse porque alguien cobre: trabajamos para vivir, y vivir cuesta dinero. Pero no es sostenible que alguien disfrute de los rendimientos del trabajo si no lo hace, porque, si chupamos todos, nos quedamos sin botes.
En mi familia hubo un político (si ampliamos el árbol genealógico hay más, pero éste fue el que me marcó de pequeño): Fulgencio de la Cruz, conocido por otros como Pencho, pero que para mí siempre será el tito Fuchi. Y, hasta que San Pedro decida si subo o bajo, no olvidaré una frase que le oí y que me sigue pareciendo lapidaria: «¿Por qué se critica a los políticos? Porque toman decisiones». No me caben aquí todas las formas de darle la razón.
Sólo hay una persona que no se equivoca nunca: la que no hace nada. La cuestión no es ser perfectos, sino ser mejores que ayer y peores que mañana. Ésa es una progresión que todos, absolutamente todos los seres humanos que infestamos este peñón del espacio sideral llamado Tierra, podemos seguir. Da igual si naciste con estrella o estrellado: lo relevante no es cuánto tardaste en llegar al poder, sino qué haces con él. Y, cuando se tiene poder, sólo hay un pecado capital: ejercerlo sin la responsabilidad que conlleva.
Porque esa responsabilidad no es ligera, cómoda, ni especialmente agradecida. Cuando se ejerce de verdad, la política no es un micrófono ni una tertulia, sino un trabajo absorbente: horas de lectura que no entretiene, informes que no dan titulares, votaciones encadenadas, reuniones que no salen en prensa, y decisiones que, hagas lo que hagas, van a molestar a alguien. No es un oficio difícil porque sea heroico, sino porque exige atención constante, criterio formado y una tolerancia al desgaste que no todo el mundo está dispuesto a asumir.
Por eso los buenos políticos parecen escasos: no porque el cargo sea cómodo, sino porque hacerlo bien cansa. Y mucho. Quien quiere hacer algo siempre encuentra un motivo; quien no quiere hacerlo siempre encuentra una excusa. En política, como en casi todo, el problema no es que existan profesionales, sino que demasiados aspirantes al poder no están dispuestos a ejercerlo como lo que es: un trabajo serio, prolongado y profundamente responsable.
Si ciertos representantes públicos trabajaran siquiera la mitad de lo que deberían, no tendrían fama de haraganes, sino de currelas administrativos que se dejan la cabeza (y a veces el pellejo) para que las cosas funcionen un poco mejor mañana que hoy. Y ése, nos guste o no, es el listón mínimo que deberíamos exigirle a cualquiera que aspire a decidir por todos: no buscamos perfección, sino competencia; no queremos espectáculo, sino trabajo; no necesitamos excusas, sino la gran responsabilidad que viene con un gran poder.