El logro más reciente de las máquinas es algo que los expertos en informática llaman «lenguaje natural». Si bien yo le agradezco mucho a los cerebrazos (que no cerebritos) que han inventado a ChatGPT, podrían hablar en cristiano y decir que eso del lenguaje natural son, simple y llanamente, palabras. Palabras, como las que tú me estás leyendo ahora mismo.
Es verdad que las máquinas cuentan mejor, pero lo que ellas están aprendiendo ahora a los humanos se nos lleva dando de miedo desde los albores de la humanidad, y no exagero. Tanto así, que hemos desarrollado miles de formas distintas de hablar: una por cada idioma que hay en el mundo, y tantas otras más por cada dialecto.
Llevamos tanto tiempo en este mundo señalando cosas con el dedo y poniéndoles nombre, que nuestra biología misma se ha adaptado a ello, en virtud de que los humanos, monos sin pelo que se pusieron de pie y se vinieron arriba cuando se dieron cuenta de que si pasaban la comida por el fuego ahora estaba más sabrosa, somos básicamente bioprocesadores de, lo has adivinado, palabras.
Saber hablar de muchas formas se convirtió en la ventaja evolutiva: avisar del peligro, prohibir que los niños comieran plantas venenosas, dar nombres a los sitios para reencontrarse después de la caza, y un larguísimo etcétera. Es por ello que hoy somos herederos de una verdad absoluta en el aprendizaje de idiomas: pocas cosas son mejores para nuestra salud mental.
Yo sé que, como traductor y profesor de idiomas, tengo caballo en esta carrera y puedo por tanto estar sesgado, pero seamos francos: menor propensión a enfermedades degenerativas, mayor velocidad en procesos de razonamiento, mejora de la memoria, la atención e incluso el control emocional, y, por si fuera poco, la posibilidad de chulearte cual cultureta frente a tu cuñado en Nochebuena. ¿Tengo que listar más beneficios? Aprender idiomas es al cerebro lo que correr es al corazón; no lo haces porque te persigan, lo haces para que, cuando llegue el momento, estés listo.
De entre todos los conocimientos humanos, los idiomas son la base fundacional (más antiguos incluso que la filosofía, porque buena suerte filosofando si sólo sabes decir «uga buga»). Todo lo que sepas, y lo que sepas hacer, se va a ver reforzado con la memoria de una lengua extranjera. Y, como alguien que sabe lo complicadas que pueden llegar a ser, tengo que elogiar a las computadoras por su esfuerzo en aprenderlas; pero también tengo que insistir en que nadie las habla como nosotros.
Llegará un punto en el que ChatGPT traduzca mejor que yo, a golpe de unos y ceros; sólo un tecnófobo lo negaría. Pero, precisamente, cuando la máquina aprenda a traducir, he ahí que la clase de lengua volverá a convertirse en comunión humanística. Además, por mucho que la máquina me traduzca, si yo no me entero ni pizca del original, no podré ser el usuario del texto, sino el rehén de sus palabras. Que te traduzcan ahorra trabajo; no entender comporta riesgos.
La tarea ardua hay que dejársela a la máquina, cuyos unos y ceros han sido programados para que les encante ayudar. Ahora bien, ¿la parte artística, la divertida? Ésa es nuestra, de los monos sin pelo.
Porque pocas cosas nos hacen más humanos.