Esta mañana me ha despertado el tañer de las campanas dando los cuatro cuartos y, después, ocho campanadas. Aun entre sueños, su ancestral sonido me ha llevado hacia atrás en el tiempo. De niña me encantaba averiguar la hora de esta forma, había que tener paciencia y esperar, pero en mi infancia la única prisa era por crecer, todo lo demás no tenía ninguna urgencia.
La sensación de paz me ha acompañado a lo largo del día, me doy cuenta de que, con los años, he recuperado esa capacidad para abrazar la lentitud y la paciencia. Las campanas, su cercanía, han estado presentes, evitando que mire la hora en cualquier otro lugar (cosa difícil ya que estamos rodeados de números que nos marcan el tiempo).
Pienso que casi no quedan sonidos de aquellos que poblaban los años de mi niñez, quizá por ello cuando aparece alguno de ellos se abre paso en mi memoria despejando recuerdos que lo acompañan. El traqueteo de los carros por las calles sin asfaltar, el rebuzno de los burros o mulas que tiraban de ellos; el cacareo de pollos y gallinas en los corrales de las casas; el sonido de los cubos de cinc al llenarse en la fuente; la voz del sereno que recorría cada noche las calles; los rebaños de cabras, con el correspondiente tintineo de sus campanas colgando del cuello que recorrían las calles del pueblo sembrándolo, a su paso, de unas negras bolitas y su peculiar olor.
De pronto siento un aroma suave y profundo, en principio no lo identifico hasta que me doy cuenta de que es la madera de los postigos que mantienen el sol a raya tras la ventana. Los ventanos calientes huelen parecido a la mesa de camilla cuando se pone el brasero por primera vez, en otoño.
Al otro lado de la ventana, la calle se escucha silenciosa. El calor es el dueño y señor del pueblo hasta que, llegando el atardecer, la vida se manifieste fuera de las casas. Es el momento en que se llenen las terrazas y parques de animadas conversaciones y juegos infantiles para aprovechar esa posible ligera brisa que alivie los cuerpos y despeje los pensamientos agobiantes producidos por el intenso verano.
De noche, con todo otra vez en silencio, vuelvo a escuchar, esta vez de forma nítida, las campanas. Cuatro cuartos y doce campanadas que marcaban el fin del día y el comienzo del siguiente. Escucharlas me ha llevado a encontrarme con el sueño, a veces tan esquivo.
“..Viene la noche, muere el día, las campanas tocan lejos, el son del Ave María…” (Rosalía de Castro. Campanas de Bastabales.)
