Como vástago de los años 2000, no me tocó por edad criarme viendo Barrio Sésamo, pero no conocerlo sería negligencia cultural. Tanto así que cierta sección de Epi y Blas vive en mi mente sin pagar alquiler: uno quería leer, el otro hacer ejercicio; ninguno entendía al otro y al principio se burlaban, porque se parecían mutuamente flojo y tonto; pero al final, gracias a un guion escrito con más sabiduría que ego, descubrían que ambos tienen razón. Notan que cuerpo y mente no son adversarios, sino socios fundadores de la autoestima.
Pues bien, la pena es que muchos hombres nunca hayan visto ese episodio.
En cierto sector varonil, la masculinidad sigue siendo un combate ritual: levantar pesas, callar emociones, marcar abdominales y coleccionar rechazos como si fueran logros. Todo lo que huela a cuidado emocional, inteligencia interpersonal o autocrítica se descarta con desdén. Porque, si no haces press banca con tus traumas, ¿eres siquiera un hombre?
Seamos claros: no hay nada de malo en entrenar. El cuerpo necesita movimiento, disciplina y fuerza. El problema no es el gimnasio, el problema es construir la identidad completa en torno a él. Hay quien cree que, si se ve como una estatua de mármol, automáticamente se convierte en una. Pero el mármol es frío, y no siente nada. Y eso no debería ser un modelo.
En el fondo, el atractivo (romántico, sexual, vital) no se construye a golpe de series y repeticiones: se construye con coherencia, sentido del humor (propio, no proyectado), hábitos saludables, curiosidad intelectual, capacidad de escucha y, muy especialmente, un plan de vida que no consista en repetir la rutina de bíceps hasta que se caiga el techo.
Porque, bombazo: el músculo se cae, la vanidad no construye vínculos, y los cuerpos perfectos aburren cuando sólo los habita un ego inflado a base de proteínas y podcasts motivacionales sin neuronas.
Pero lo interesante es que la masculinidad no necesita desaparecer: necesita evolucionar. Puede tomar elementos clásicos (fuerza, liderazgo, incluso la estética) y reapropiarlos con una nueva ética: firmeza no como rigidez, sino como claridad de principios; fuerza no como dominación, sino como capacidad de sostener; presencia no como altivez, sino como atención plena.
Y sí: aún hay quien cree que leer, cocinar bien, dormir ocho horas o cuidar una planta es «femenino»; como si vivir con intención fuera incompatible con tener testosterona. Para ellos, un mensaje simple: el Conde Draco os enseña a contar desde cero, y Coco os recuerda cómo se cruza la calle sin atropellar a nadie emocionalmente.
Lo masculino puede ser monumental sin ser amenazante. Puede tener pecho y corazón a la vez. Puede levantar peso y también conversaciones difíciles. El «gigachad» real no impone: acompaña. No calla: escucha. No presume: transforma. Y a veces lo hace mientras dobla la ropa.
Por eso, «Bench press your IQ» no es una burla, sino una propuesta. Haz con tu mente lo que haces con tu cuerpo. Entrénala, cúrala, sácala a pasear. Dale proteína y descanso. Rétala sin humillarla. Ámate sin necesidad de que el espejo sea el juez. La inteligencia también se pone fuerte, la empatía también marca abdominales.
Y el que se ríe de eso suele tener miedo a que le midan otra escala donde no destaca tanto.
Así que sí: levanta peso si quieres. Pero también levanta temas importantes, vínculos sanos y preguntas incómodas. Porque las únicas piernas que nunca deberías saltarte son las que sostienen tu identidad entera.
Y, si alguna vez dudas, pregúntate: ¿Qué haría Epi? Probablemente ejercicio. ¿Qué haría Blas? Probablemente leer. ¿Qué haría un verdadero macho alfa? Ambas cosas, y luego la colada.