Flecha hacia arriba

‘Barcos de papel’

Por Fina García Romero, tercer premio del Concurso Literario por el Día de la Mujer del Ayuntamiento de Alhama de Murcia

Aquel curso ya había empezado a ser raro desde el principio, o quizá era yo la que me empezaba a sentir rara, mi cuerpo iniciaba la metamorfosis de niña a mujer; las líneas rectas se desdibujaban, dando paso a suaves curvas. Aun así, seguía siendo la misma niña de pelo negro recogido en dos trenzas, con ojos color miel donde aún se reflejaba una inocencia efímera, destinada a desaparecer y cada noche, el mar me esperaba en sueños navegando en su inmensidad.

Recuerdo aquella aula de paredes amarillentas. En el centro de la pared colgaba un crucifijo y, justo al lado, la fotografía de Don Juan Carlos I, ataviado con el uniforme de capitán general, sus medallas y condecoraciones brillando bajo la luz mortecina. La clase olía a viejo, sudor, a rancio, como aquella España de los 70.

En el centro del aula, majestuosa, se alzaba la mesa de Don Pedro, y tras ella, su triste y desgarbada figura. Don Pedro tenía unos ojos pequeños y avispados, y en su pelo comenzaban a asomar las primeras canas, aunque aún era un hombre joven. Sus ojos, de un verde inusual por entonces, armonizaban un poco su rostro que parecía hecho con trozos de otros, como un puzle mal encajado.

Comentaban en el colegio que había tenido una novia durante muchos años, pero que, una semana antes de su boda, ella se marchó con otro. Aquello le dejó sumido en una eterna tristeza que arrastra junto a sus pies por los pasillos del colegio.

Don Pedro fue mi maestro durante tres años consecutivos. Al principio me resultaba simpático, casi protector. Desde el inicio del curso, me colocó en el pupitre más cercano al suyo, y cuando sus ojos se posaban en mí, percibía en ellos una ternura insondable, como si su tristeza me envolviera en un eco silencioso. Siempre me ayudaba con las tareas, e incluso admitía, con una media sonrisa, que me calificaba con mayor generosidad que al resto, premiando con altas notas trabajos poco notables. Mis compañeros se burlaban de mí, murmuraban que era la favorita, la enchufada de la clase. Y, en el fondo, yo también creía.

La primera vez fue cantando las tablas de multiplicar. Me llamó a su lado, frente a toda la clase, para que recitara en voz alta la tabla del cinco: “Cinco por uno, cinco. Cinco, por dos, diez. Cinco por tres, quince…” y mientras, su mano se iba deslizando lentamente por mi espalda, por mi cintura hasta llegar a la parte final donde brotaban sutiles susurros de madurez. “Cinco por cuatro, veinte. Cinco por cinco, veinticinco”. Lo miré de reojo sin saber cómo reaccionar, y vi como con su otra mano se tocaba la entrepierna.

Desde aquél día todo cambió, como si se abriera un capítulo prohibido. Comenzaron los tocamientos leves, los restregones furtivos cada vez que pasaba junto a mí, las miradas lascivas que se posaban en mis piernas. En los dictados de la clase de lengua, se acercaba por detrás de mí, me tomaba de la mano con la que sostenía el lápiz y, acariciándola suavemente, murmuraba: “Así, el lápiz se coge así”.  Yo sabía que aquello no era bueno, pero no sabía cómo detenerlo, como frenar aquella maraña negra que se enroscaba en mi estómago.

Como era de esperar mis notas cayeron en picado, no es que fuera la más lista de la clase, pero estaba por encima de la media. Solo faltaba un mes para acabar las clases y la idea de perder de vista a Don Pedro me dio la fuerza suficiente para sacar el curso en los exámenes finales.

Por fin llegaron las vacaciones. Regresaron los juegos con los amigos, las interminables noches de verano jugando en la calle, las meriendas con pan y chocolate mientras contábamos chistes, riendo y siendo feliz, mientras iba olvidando el sentimiento de asco que me generaba su presencia.

Pero nada dura eternamente, y en un abrir y cerrar de ojos llegó septiembre. Aquél fue el primer inicio de curso que viví con apatía, lejos de aquellos años anteriores en los que el regreso a la escuela me llenaba de ilusión; volver a ver a mis compañeros, estrenar estuche, cartera y, sobre todo, libros. Ah… ese olor inconfundible a libro nuevo, creo que deberían inventar un perfume con olor a libro.

Durante los primeros meses, Don Pedro parecía ausente; impartía sus clases como un autómata, la mayor parte del tiempo nos ponía a hacer las tareas del libro sin más explicación. Por momentos, sentí que todo volvía a estar bien, incluso empecé a dudar de si todo aquello había ocurrido de verdad o si eran solo invenciones mías. ¿Por qué un adulto iba a querer tocar a una niña con alguna mala intención, si se supone que los adultos están para protegernos? Todo se hizo evidente aquella tarde en que mi madre no apareció a recogerme del colegio; poco después, me dijeron que había sufrido un pequeño accidente doméstico.

Habían pasado más de veinte minutos; todos los niños se habían ido con sus padres y solo alguno de los más mayores se había quedado jugando en el patio. Empecé a sentir miedo, no sabía qué hacer.  De pronto, una mano se posó en mi hombro y la voz de Don Pedro me dijo: “Ven, volvamos a la clase y esperemos a tu madre allí, ya empieza a refrescar”.

Mi cuerpo se tensó como la cuerda de una guitara, pero hice caso sin rechistar. Me sentó junto a él en su mesa y me dijo que sacara los deberes, que me ayudaría a hacerlos, yo obedecí temblando, porque mi cuerpo intuía lo que iba a pasar.

Pero esa vez fue más allá, su mano comenzó a subir por mi muslo, me levantó la faldita de cuadros escoceses hasta llegar a mis braguitas, esas braguitas de algodón caladas que heredé de mi hermana mayor y que mi madre arreglaba con tanto esmero cada vez que se aflojaba el elástico. En ese instante, mi mente se disoció y aquella niña que soñaba con el mar se vio navegando en él, con el sol calentando su rostro, el olor a sal y el suave balanceo de las olas acogiéndome en su seno, intentando ahuyentar mi temor.

Aún volvió a abusar de mí en tres ocasiones más. Ese maldito curso llegó a su fin, y el siguiente trajo a Doña Antonia, una sexagenaria dulce que nos trataba como si fuéramos sus nietos. Siempre agradecí aquél mar en calma tras la tormenta, aunque esa maraña negra se aferraba en mi interior. Con el tiempo, las secuelas se hicieron evidentes: me diagnosticaron diversas afecciones estomacales, y la ansiedad y el estrés crónico se volvieron mis compañeros de vida, aliviados solo por el murmullo del mar, mi refugio eterno.

No volví a saber nada de él hasta hace unos meses. Una mujer latina empujaba una silla de ruedas. Su rostro me resultó familiar, y al mirarla con atención, supe quién era: había sido la cuidadora de la madre de una amiga. Me paré gustosa a saludarla, me contó que, después de que falleciera, había encontrado trabajo cuidando a Don Pedro.

Al escuchar su nombre, mi cuerpo se tensó como la cuerda de una marioneta a punto de romperse. Mi mirada se posó en la persona que iba en la silla de ruedas, y entonces lo vi. Solo fui capaz de reconocer sus ojos verdes, aquella persona que fue mi peor pesadilla, ahora solo era una sombra. Su cabeza caía de lado, incapaz de sostenerla erguida. Sus manos, entumecidas, con los dedos engarrotados, parecía ajenas a su propio cuerpo. La mujer me contó que sufrió un ictus hacía años y que, después nunca volvió a hablar.

Siempre había imaginado cómo me sentiría si volvía a verlo, pero la rabia o el rencor que esperaba no llegaron. Solo sentí lástima. Y durante mucho tiempo no entendí por qué. Hoy sé que la compasión y el perdón son lo que nos distingue, lo que nos hace verdaderamente humanos. Solo entonces comprendí que esa era la única manera de cerrar la herida y seguir adelante.

Nunca se lo conté a nadie. Guardé silencio atrapada entre el miedo, la culpa y quizá la vergüenza. Pero hoy sé que solo fuimos víctimas de cobardes, de quienes abusan desde la sombra de su poder, sabiendo que no hay ser más indefenso en el mundo que un niño o un anciano. Y eso, quizás, es lo más repugnante de todo. Aquella etapa dejó huellas imborrables en mí, moldeando la forma en que me relaciono con el mundo.  Pero elegí ser valiente. No permití que el miedo, la angustia o el rencor me encadenaran. Decidí empaquetar todos esos sentimientos en una maleta y emprender un viaje, no para huir, sino para transformar mi dolor en esperanza y tender la mano a quienes, como yo, alguna vez fueron silenciados.

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