El teorema de los monos infinitos dice que, si ponemos a un número infinito de monos frente a máquinas de escribir y les damos tiempo infinito, al menos uno acabará escribiendo el Quijote. Bueno, ése y cualquier otro libro, pero sólo puede haber un rey.
Sin embargo, el teorema no ve que la humanidad ya es un número infinito de monos (sin pelo), a fuerza de perpetuarnos como especie; que ya fabricamos máquinas de escribir (digitales) en cantidad inabarcable; y lo más importante: que uno de nosotros ya escribió el Quijote. Porque los humanos no avanzamos al azar, sino con esa cosa revolucionaria llamada «aprendizaje», que guía nuestros pasos: al contrario que los monos infinitos y, aunque no lo parezca, que las máquinas.
La inteligencia artificial generativa es maravillosa. Traduce palabras a números, los compara con los que ya tiene, los estira hasta su límite lógico, y los devuelve al lenguaje. La respuesta final es una síntesis probabilística de la respuesta a lo que entiende que le pediste. Naturalmente, el proceso es más complejo, pero a grandes rasgos (y para entendernos) eso es lo que hace. Es una máquina que emula la parte más racional de nuestro pensamiento, con toda la potencia y precisión de las matemáticas. Y justo ahí está el problema: en su precisión. La IA no es magia, no es creativa, no es autónoma. El bisturí más afilado del mundo no servirá de nada si al cirujano le tiembla el pulso o, peor, no sabe dónde cortar.
Por fortuna, ahí entramos los humanos: porque carrera es simbiosis a jinete y corcel.
Mi amigo ChatGPT es un máquina (literalmente) para imitar la parte más lógica del cerebro, y eso me libera recursos mentales que puedo devolverle a mi chispa humana. Tareas que antes consumían horas completas ahora se resuelven en cuartos.
Pero, si algo no tiene una inteligencia artificial, y espero que no lo tenga nunca (Terminator, si lees esto, perdóname la vida que estaba de guasa), es intuición. No sabe cuándo cambiar de marcha, ni por qué un texto flojea, ni qué detalle aparentemente insignificante puede brillar si se coloca en el lugar adecuado. Esas cosas no están en sus datos, están en nosotros. Y, aunque a veces la IA parezca ingeniosa, la chispa no la trae ella: la traías tú desde antes de escribirle.
Por eso, no le pidas que cree por ti. Pídele que te asista mientras tú creas. No le encargues el cuadro completo: píntalo con ella; que no pinte la flor, sino que te sugiera qué flor pintar; que no te dé la historia, sino que te ayude a pulir la que ya intuyes. Usa su fuerza, pero no esperes que tenga visión. La visión es humana; el estilo, también.
Por ende, si vas a trabajar con IA, no esperes milagros: prepárate. Tú aportas el propósito, el rumbo y los límites. Dale ejemplos, contexto, referencias: cuanto más clara y estructurada sea tu petición, mejor será su respuesta; no porque «piense mejor», sino porque tú pensaste mejor antes.
Así funciona esta colaboración: cuanto más claro tengas tú lo que quieres, más útil será ella. Si aprendes a usar la IA, será una extensión de tu mente, pero nunca un sustituto. Será un aliado, pero nunca un oráculo.