Una de las tareas pendientes, que nunca soy capaz de terminar, es organizar mi biblioteca. Saber cuantos libros tengo, ver el modo de ordenarlos, que criterio seguir.
Unas veces pienso ordenarlos por temáticas, otras creo que el orden alfabético seria el mas práctico a la hora de encontrar un ejemplar, al final siempre me rindo porque ninguna me convence. De todas formas, no sé cómo, cuando quiero un libro en concreto, automáticamente sé donde encontrarlo en el caos de volúmenes que llenan mis estanterías.
Eso ocurrió hace unos días, después de apagar la tele, agobiada de tanto escuchar insultos y faltas de respeto entre personas consideradas de alto nivel.
Recordé unos libritos que, en su momento, me dio mi abuelo Jesús. Uno se llama “Breve tratado de urbanidad” de Pilar san Juan, maestra y pedagoga, publicado a finales del siglo XIX ; el otro “El mentor de la niñez. Miscelánea” publicado en Valencia en 1892.
En el primero se exponen una serie de normas para lo que se considera una buena educación. “¿Qué es urbanidad? El conjunto de reglas a que debemos ajustar nuestras acciones para hacer amable nuestro trato con la sociedad. ¿Qué se dice generalmente de las personas que carecen de urbanidad? Que están mal educadas”.
En el segundo libro se recopilan los más diversos consejos, desde enseñar a escribir cartas según la ocasió, hasta como leer y escribir poesía.
A pesar de que ambas obras tienen una clara influencia religiosa, no olvidemos que en esos años la educación estaba en manos de organizaciones católicas, el objetivo de ellas me parece sumamente interesante. En las dos se habla de educación y respeto. De como tratar al otro, unas veces representado por los padres, los maestros, las autoridades…
Con los maestros: “siendo estos los representantes delegados de los padres, se les debe de tratar con igual respeto”
En la escuela: “saludar al profesor, ocupar el lugar que te corresponde, hacer bien tus trabajos y llevar bien estudiadas las lecciones para contestar debidamente”
Personas mayores: saludar (buenos días, buenas tarde, buenas noches,), preguntar por su salud. A todos debe hablarse de usted, excepto que la persona en cuestión suprima el tratamiento.
Autoridades superiores: al Rey, majestad. A los príncipes, alteza. A los ministros, embajadores y mandos del ejército, excelencia.
Con los iguales: hermanas y amigas, hay que tratarlas con cariño y atención y abstenerse en su presencia de actos incívicos como: rascarse, meterse los dedos en la nariz, eructar, bostezar. Entre los miembros de una misma familia pueden tutearse.
Cuando se visita a alguien: la visita debe suspenderse si se comprende que es inoportuna. Durante las visitas se hablará de cosas que no afecten a la reputación de nadie.
“En boca del mentiroso, lo cierto se hace dudoso” “Al maestro reverencia y aprovecha su experiencia”“Da apoyo y tiende la mano, al enfermo y al anciano” “no desprecies los consejos de los sabios y los viejos”“La conciencia es, a la vez, testigo,
fiscal y juez” “No hallarás un avariento que esté tranquilo y contento” (máximas del libro “El mentor de la niñez)
